e-rph 19, dic. 16 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 19, diciembre 2016
Intervención | Estudios
 
 
De lo inexpugnable a lo accesible: correlación entre valores patrimoniales y turismo en los castillos de la Red de Paradores | María José Rodríguez Pérez, Javier García-Gutiérrez Mosteiro
 
     

 

El “patrimonio nacional” así constituido conocería en seguida otras ampliaciones. Ruskin y Morris, en Inglaterra, coherentemente con su teoría sobre los contenidos patrimoniales vinculados a una “historia social” de la construcción y la arquitectura, previeron una apropiación del patrimonio por ámbitos sociales cada vez más amplios; como presciencia de lo que, en el último tercio del XX se llegaría a llamar “patrimonio de la humanidad”.

Y en esta apropiación, colectiva y responsable, se dan las dos acciones complementarias antedichas: la obligación de conservar y preservar, por un lado; por otro, el derecho al disfrute del bien, lo que equivale a decir una cada vez más fácil accesibilidad —física y cognitiva—.

Haciendo coincidir las dos líneas planteadas: en la conformación y conservación de ese reciente valor patrimonial que es el entorno de los bienes arquitectónicos incide con creciente protagonismo —y con mayor o menor fortuna— el factor de la accesibilidad. Pero al hablar de “accesibilidad” (y de “accesibilidad universal”), como derecho adquirido, no todo es lo mismo: conviene, en cada caso, delimitar intenciones y modos.

Una cosa es la inicial y razonable propuesta de eliminación, en la medida de lo posible, de las barreras arquitectónicas y de facilitación del disfrute del patrimonio a personas discapacitadas (lo que se enmarca en el conjunto de “buenas prácticas” en relación a la conservación de edificios y conjuntos históricos); y cosa distinta, el que se invoquen tales principios para muy otros entendimientos, amparando prácticas cada vez más problemáticas —si no agresivas— para las condiciones ambientales del monumento.

La cuestión no es de corto alcance, dado que el rendimiento —no sólo económico— del patrimonio exige la más cómoda accesibilidad (Choay, 2007: 199); y esto, prácticamente, no ha hecho más que empezar. El acceso directo al bien patrimonial arquitectónico, inmediato y abierto al flujo turístico, llega a ser una exigencia que, tantas veces, es difícil de calibrar y, en su caso, de contestar; pero se trata de una pretensión que, de no mediar criterios y cautelas, puede llegar a dañar y aun desnaturalizar el lugar y su contexto. (Valga considerar las últimas propuestas y controversias sobre la accesibilidad a la cueva original de Altamira para tener precisa idea de la magnitud de la cuestión)(2).

La accesibilidad del turismo de masas a sitios históricos presenta específicas facetas a considerar, dándose a veces llamativas paradojas (por ejemplo: no es la arquitectura que podemos llamar “histórica” —dados sus esquemas formal-constructivos— menos receptiva a intervenciones de mejora de la accesibilidad que determinados —y frágiles— ejemplos de la arquitectura moderna o contemporánea).

Incluso en una ciudad como Roma, en la que estos aspectos se han sabido cuidar a lo largo del tiempo —con las correspondientes y señaladísimas excepciones—, ya es fácil contraponer actuaciones de muy distinto sentido. Así, frente a realizaciones tan inteligentes como la del acceso al conjunto del Portico d’Ottavia —donde se sabe conjugar la presencia del lugar con formas contemporáneas—, se dan actuaciones como las muy recientes para hacer “accesible” la pirámide Cestia. Estas últimas, junto a la idea de accesibilidad –y “abbatimento delle barriere architettoniche necessarie a consentire l’accesso all’area archeologica”–, conllevan otras dimensiones que comprometen los valores del bien patrimonial al que se facilita acceder. Basta comparar las rampas —y aun la delicada pasarela— diseñadas en el primer caso con las del segundo (contradictorias con el monumento en sí y con las anteriores y muy respetuosas intervenciones colindantes con el Cimitero Accatolico) para darnos cuenta de qué estamos intentando apuntar precisamente.

En particular, la aproximación automovilística a los monumentos y conjuntos históricos no siempre se diseña con la debida consideración al valor ambiental. Las zonas de aparcamiento junto a los bienes monumentales constituyen a menudo una perturbación que no es sólo de carácter perceptivo. Un caso entre otros, que nos concierne: la idea de acceso —cognitivo también, no sólo en sentido físico— a un castillo o una construcción defensiva histórica… ¿es compatible con el hecho de acceder sistemática y cómodamente en automóvil —por una vía “allanada” y superpuesta a lo abrupto de la pendiente— hasta el mismo ingreso y su correspondiente explanada de aparcamiento? (Sáenz de Oíza gustaba decir que a un castillo no se puede llegar “en directa”).

No obstante, la necesaria aproximación en automóvil a los sitios monumentales puede resolverse adecuadamente; pero es preciso que se conjugue una bien diseñada solución arquitectónica con una adecuada predisposición de los promotores y una renuncia de los tour-operators —no siempre posible de obtener— a esa espuria idea de la inmediatez de acceso, pretendiendo siempre dejar los vehículos lo más cerca posible del monumento. Ejemplos de buenas prácticas en este sentido no faltan: centros históricos de Asís, Toledo…; la muy cuidada aproximación al Pont du Gard en Nimes —donde la zona de aparcamiento y servicios está alejada del monumento y sólo es posible la aproximación a través de un placentero recorrido a pie—.

En particular, conviene la reflexión sobre la accesibilidad turística a recintos defensivos o fortificados, desde la consideración de su original carácter de inexpugnabilidad; y éste, como parte integrante del valor patrimonial considerado. Si la contemporánea conciencia de preservación patrimonial supone la estimación crítica de los distintos parámetros patrimoniales que se dan —o se pueden dar— en el objeto, todos los valores deben ser sopesados (Riegl, 1903): tanto los de contemporaneidad (entre ellos, el valor instrumental y la accesibilidad) como los rememorativos y de valor histórico o de registro documental.

Estas cuestiones deben ser contempladas, críticamente, en muy recientes y aun celebradas intervenciones de “accesibilidad”; entre otros casos: la aparatosa instalación de “accesos” en el castillo de Garcimuñoz (Cuenca) [Link 1](3); o el plan de accesibilidad al castillo de Peñafiel (Valladolid)(4), cuyas vías y explanadas de aparcamiento han desvirtuado el original entronque de la construcción con la topografía de la escarpada loma [Link 2].

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