e-rph 19, dic. 16 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 19, diciembre 2016
Difusión | Estudios
 
 
Gustavo Giovannoni y la didáctica de la arquitectura. Recepción en España a través de Leopoldo Torres Balbás | Belén Calderón Roca
 
    

 

3.- Gustavo Giovannoni y Leopoldo Torres Balbás: Roma y Atenas, dos escenarios cruciales para el debate

Gustavo Giovannoni encabezó en 1931 la Delegación Italiana presente en la Conferencia de Expertos para la Protección y Conservación de Monumentos de Arte e Historia, celebrada en Atenas durante los días 21 al 30 de octubre de 1931, interviniendo en la sección I denominada “Doctrinas y Principios Generales”, así como en la IV denominada “Materiales de Restauración”. Las conclusiones derivadas de esta convocatoria, así como de los debates sucesivos se recogieron en el documento paradigmático de la Carta de Atenas. Según consta en la documentación original de 1931, entre los más de 90 expertos y delegados de los diferentes países participantes, cabe destacar la participación en ambos contextos (italiano y español), de Gustavo Giovannoni, Alberto Calza Bini, Antonio Muñoz, Alberto Terenzio y Carlo Anti, por Italia, y de Leopoldo Torres Balbás, Juan Arrate, Emilio Moya, Modesto López Otero. J Martorell, y F. Javier Sánchez Cantón, por España(5).

Indudablemente, este documento constituyó el primer compendio doctrinario sobre la conservación física de las estructuras históricas de las ciudades, como parte de una disciplina arquitectónica que acababa de inaugurarse. En ella, el pensamiento de Gustavo Giovannoni se consolidó a través del enunciado de los principios del restauro científico, que se recomiendan a escala urbana por primera vez en un foro internacional y que derivaría en la primera Carta del Restauro italiana, un año después. No es nuestra intención realizar un estudio en profundidad de la conferencia de Atenas, aunque sí apuntar que tras este encuentro se trató de hallar, en definitiva, un punto intermedio, si bien, no equidistante, entre dos extremos hasta la fecha confrontados: conservar la autenticidad y la vida histórica del monumento, admitiendo la intervención, aunque reducida a lo imprescindible. A través este documento se ratificó un acuerdo de colaboración entre naciones y se recomendó la estrecha colaboración interdisciplinar a nivel técnico, intelectual y ético, especialmente entre arquitectos, historiadores, arqueólogos, químicos y biólogos respecto a la utilización del criterio historiográfico y la valoración del monumento como documento, en aras del derecho de la colectividad, lo que se patentizó como tendencia científica. Por otra parte, se efectuaron por primera vez, conexiones entre las condiciones de vida de los habitantes y su medio natural y construido, tomando conciencia del engranaje existente entre las estructuras materiales y la tradición histórica local a nivel antropológico. Asimismo, se reconoció la predominancia del interés colectivo por encima de posturas individuales y la necesidad de atender a la historia con mayor especificidad, con respecto a la conservación de la ciudad. Ello condujo a internacionalizar el uso de técnicas de conservación para la puesta en valor, tanto de los monumentos, como de las edificaciones emplazadas en su entorno, mediante propuestas de tutela jurídica y administrativa, instando a los respectivos estados participantes a la cooperación y difusión de su patrimonio cultural.

Otro aspecto relevante del texto reside afrontar por vez primera, el problema de la conservación del paisaje y el ambiente de la ciudad histórica, dictando recomendaciones para respetar la fisonomía de los entornos monumentales. Si bien, no se distingue de manera específica el término entorno, sí comienza a delinearse su naturaleza, pues se indica que se evite afectar negativamente el espacio próximo a los monumentos, para los cuales el ambiente arquitectónico debe ser atendido con particular delicadeza. En efecto, se advierte una maduración manifiesta con el reconocimiento de los diferentes modelos estructurales presentes en los tejidos históricos, pues se alude al carácter y fisionomía de la ciudad, recomendando el respeto las condiciones ambientales y exhortando a la observancia de la fisionomía de los complejos arquitectónicos desprovistos de monumentalidad, especialmente en las proximidades de los hitos más antiguos. No obstante, se sigue priorizando el valor de antigüedad y es evidente una sobreestimada atribución de méritos a la subjetividad estética y al pintoresquismo. Por otra parte, la apuesta por entender la presencia arquitectónica de las ciudades como realidades monumentales articuladas con el tejido no monumental circundante, en auxilio de la arquitectura vernácula difusa, y extender la tutela a toda la arquitectura histórica de los contextos monumentales resulta todavía muy tímida.

Al respecto, Leopoldo Torres Balbás presentó en la Conferencia de Atenas su ponencia: “Evolución del criterio respecto a la restauración de monumentos en la España actual”(6), y puso de manifiesto la importancia de mantener la raigambre de la arquitectura vernácula, completamente inherente a su contexto físico. Ésta constituía un producto autóctono en permanente transformación y completamente dependiente de la mano del hombre, así como del medio en donde había surgido: “Para bastantes gentes, entre las que no faltan técnicos y Eruditos, la arquitectura popular no tiene existencia (…) no saben ver la arquitectura en su forma elemental y primitiva, próxima todavía a su fuente (…) Y, sin embargo, en muchas de estas construcciones que parecen anodinas, vulgares, humildes, suele estar el verdadero espíritu de un pueblo, o por lo menos, un aspecto de él” (Torres, 1933: 143). Su pensamiento con respecto a la necesidad de preservar las visuales de los entornos monumentales coincidía con el de Giovannoni, pues opinaba que formaban parte intrínseca del propio concepto de Arquitectura. Así pues, sostenía que las catedrales por ejemplo, no fueron concebidas aisladas, sino para ser contempladas desde corta distancia, porque precisamente, los edificios adyacentes cumplían la función de punto de referencia y escala, imprescindibles para la comparación con otras construcciones. Son de sobra conocidas las advertencias de Torres Balbás sobre el peligro que entrañaban las tendencias aislacionistas de su época, mediante referencias constantes a la ciudad de Roma. Defenderá hasta sus últimos días la importancia de la arquitectura doméstica, instando a conservar su permanencia física, de la misma forma en que se actuaba con el monumento, en función de la preservación de su memoria histórica y ante la posibilidad de insertarla en la vida contemporánea, como ya había apuntado Gustavo Giovannoni (Calderón, 2012).

En cualquier caso, durante esta época no es posible hablar en España de proyectos integrales de restauración urbana, al contrario de lo que sucedía en el ámbito italiano. Existe de hecho, cierto hermetismo en el panorama español, que incluso pone de manifiesto Torres Balbás, ponderando las intervenciones urbanísticas coetáneas de Marcello Piacentini en Roma (Calderón, 2012). El viaje a Atenas fue óptimo para la toma de contacto del español con los artífices de las nuevas tendencias restauradoras europeas, así como para ofrecer una sinopsis crítica de las tendencias sobre restauración arquitectónica vigentes en España. Aunque no desaprovechó la oportunidad de condenar públicamente aquellas operaciones que falseaban los monumentos, mermando los sedimentos históricos y extirpándoles su memoria.

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