e-rph 22, jun. 18 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 22, junio 2018
Estudios Generales | Estudios
 
 
Lavaderos públicos en la Granada del XIX según el Diccionario de Pascual Madoz (1845-1850): Conocimiento de un patrimonio
 
     

 




Ilustración 01. Ilustración 1. Detalle de la Hoja nº 6. Plano de Granada, Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Dirección General del Instituto Geográfico y Estadístico, 1909, en el que aparece la calle Lavadero de Zafra. [Archivo Histórico Municipal del Ayuntamiento de Granada. Colección de planos. Signatura: 05. 002. 01].

El siguiente de los lavaderos que aparece en el Diccionario, y también en el plano actual de Granada designando una vía pública, es el de Méndez, que se surtía de la acequia de Aynadamar, y se ubicaba en el barrio de la Alhacaba, en la parroquia de San Cristóbal. La documentación nos narra el pleito establecido, entre Juana María de Andújar, vecina de la Alhacaba y Tomás Cobo, propietario del lavadero, sobre el aprovechamiento de las aguas.

La mujer acusa a Cobo de aprovecharse del agua para su lavadero, en las horas que ella la tiene designada para su casa(12). El expediente no nos aporta más información que la ubicación del lavadero y que era de propiedad particular y no municipal, aunque sí de uso público, aspecto en el que también incide Madoz.

De este lavadero existe una fuente gráfica que nos permite conocerlo, fruto de la actividad del doctor y aficionado a la fotografía, José Cerdá y Rico. Lavadero que existía por la zona entre la placeta Liñán, plaza Yesqueros y Cruz de Arqueros, a la entrada del Carril de la Lona entrando por Cuesta de la Alhacaba. La curiosidad fotográfica del artista le llevó a recoger con su cámara multitud de escenas populares albayzineras, siendo las lavanderas una de sus temáticas favoritas. La fotografía nos muestra un lavadero sin techar, en un espacio abierto que podría ser una huerta. La balsa se compone de ocho pilas, cuatro en cada lado largo del receptáculo, que se disponen de manera individualizada. Dos mujeres se afanan en la tarea del lavado de la ropa, volcadas sobre los pilones, que pudieran estar hechos con fábrica de mampostería. Imaginamos que la parte interna de las pilas sería de cantería, material más indicado para lavar por su dureza y perdurabilidad. Una tercera mujer se sitúa tras las anteriores caminando de manera improvisada, mientras al fondo se aprecian los lienzos de la muralla Cadima. Gracias a la labor de este fotógrafo, junto a otros como García Ayola, Martínez Rioboó, Torres Molina o Cascales, podemos conocer éste y otros enclaves destinados a lavaderos. Son puntos de aquellos barrios populares, que no figuran en la documentación, y que las transformaciones urbanísticas han mutado por completo. Estas imágenes contienen una importantísima dimensión etnográfica, antropológica y documental sobre los usos, costumbres y formas de vida de las clases populares de la Granada del XIX y de la primera mitad del XX.




Ilustración 02. Ilustración 2. Lavadero de Méndez, h. 1905. Arturo Cerdá y Rico. Asociación Cultural Arturo Cerdá y Rico. Cabra del Santo Cristo (Jaén).

Los lavaderos en la Granada del siglo XIX se situaron en la zona baja de la ciudad, coincidiendo con los lugares más habitados y con mayor índice de población e incremento demográfico. Es el caso del de las Tablas, asociado a la primitiva parroquia de la Magdalena y del que el informante que colabora con Madoz en su Diccionario dice que es uno de los más populosos y concurridos de la ciudad, junto con el de Fuente Nueva. La documentación nos permite conocer que se trataba de un lavadero de titularidad privada. En 1747, aparece Tomás Ramírez Barreras como propietario de una casa lavadero de las Tablas, que anteriormente había pertenecido a Beatriz de Avilés. El dueño presentó ante el Juzgado de las Aguas los títulos de propiedad del agua que poseía para su lavadero, y solicitó tomar diez reales de la misma de la acequia principal del Genil, en la Cuesta del Cordero, a través de la cañería de Lizana(13).

Este conducto llamado de Lizana, probablemente debiese su nombre al licenciado Juan de Lizana, pues en 1787, un tal Francisco Ramírez, aparece en los documentos como poseedor y administrador de las aguas que pertenecieron al vínculo que fundó Lizana. Interpretamos que el término vínculo se refiere a la cañería que partía de la acequia Gorda, y que surtía de las aguas del Genil, al lavadero de las Tablas, a la botillería del León y a otras casas de la calle Mesones. Así se expresa en la documentación generada por la querella que interpone este Francisco Ramírez, contra el maestro fontanero, Diego González, “por quitar un tanto y tamaño y hacer ciertas obras en este principal de agua sin licencia”(14). La ciudad de Granada se abastecía del Genil desde la Edad Media, a través de las acequias del Cadí y Gorda. Mediante sus diferentes ramales y cañerías, daban agua a los barrios de la zona sur, la primera, y a la ciudad baja y a gran parte de la Vega, la segunda. Mientras que la de Aynadamar, hacía lo propio con los barrios del norte (León, 2012:303). Ilustración




Ilustración 03. Ilustración 3. Detalle de la Plataforma de Vico con el trazado de la Acequia Gorda. 1613. [Archivo Histórico Municipal del Ayuntamiento de Granada. Fondo cartográfico / Signatura: 05. 001. 01].

Francisco Ramírez, vuelve a aparecer en la documentación nombrado como “dueño de la principal de aguas de Lizana”. El expediente se originó por la denuncia que presenta contra éste, Juan Toledo Villavicencio, apoderado del conde de Noroña, por disminuir el caudal del agua que este último poseía en la calle Mesones, en favor de un lavadero y otras casas(15). La cañería de Lizana era uno de los ramales que partían de la llamada acequia de Arabuleila. La acequia Real o Gorda del Genil se ramificaba en cinco: la de la Arabuleila, que recibía la quinta parte del caudal de la acequia principal, y se destinaba para abastecimiento de la población y campos de cultivo, la del Realejo, con las tres quintas partes del resto, y suministro para la ciudad, talleres y riego de huertas, la de Tarramonta, con un aporte de una quinta parte del resto y uso agrícola, la del Jaque con un tablón de agua, y por último la de Santa Fe, que recibía las dos quintas partes del agua que la acequia mayor llevara en el punto de toma (Rodríguez, 2008:99). Como vemos los datos relativos al lavadero de las Tablas son muy escuetos y no posibilitan contextualizarlo arquitectónicamente. La documentación sólo nos ha permitido conocer que se trataba de un lavadero privado y que se surtía de las aguas del río Genil mediante la cañería de Lizana.

3. 2.- Lavadero comunitario del Genil y ornato público

Contiguo al antiguo Paseo de los Colegiales, llamado después del Genil, se ubicaba el lavadero de la Enrramada, también denominado del Genil, en el rincón que formaba la subida de la Cuesta del Pescado. La primera referencia documental de esta casa lavadero, data de 1751, y en este año figuraba como propiedad de Fernando José de Zafra, señor de Castril. Se trata de una querella, en la que el noble denunciaba al fontanero Salvador de Viana, por haber abierto unas cañerías:

“para conducir agua por el suelo y tierra de dicho lavadero y ha colocado una maceta de forma que con el regreso que hace el agua, se rebosan e inundan un cuarto bajo de dicha casa”.

El propietario solicita al Juzgado de las Aguas una inspección, “por peritos inteligentes”, para que tasaran los daños, y la existencia de las cañerías y de la maceta. Así mismo, pedía que pusieran preso al querellado en la Cárcel Real y se les embargasen sus bienes. Finalmente, el tribunal impone una multa al fontanero y la prohibición de ejercer su oficio durante un año. Suponemos que, si el afectado no hubiese pertenecido a la nobleza, la pena hubiese sido más laxa. La apertura de conductos y tuberías, sin el conocimiento y aprobación del Juzgado o la Comisión de Aguas, era considerada un delito, pues suponía un uso ilícito del agua. La propiedad, derecho, concesión y disfrute de la misma estaba perfectamente regulada. En los documentos de hurto del agua, se menciona con asiduidad a la maceta, era una pieza de barro, de forma troncocónica, que se empleaba para desviar agua de una cañería a otra(16).

El Paseo del Genil era una de las zonas de esparcimiento de los granadinos. Un espacio de representación social en el que la burguesía decimonónica de la ciudad hacía ostentación de clase y de su poder político y económico. Siguiendo con la tendencia al embellecimiento y ornato públicos de la ciudad, que respondía a razones de higienismo y prestigio, en 1842, se insta al propietario del lavadero de la Enrramadilla, José Zabala, que levantara un muro delante de este edificio. El inmueble se encontraba en estado ruinoso, y las autoridades consideraban que:

“[…] ofreciendo un aspecto reprobado y miserable el lavadero de la Enrramadilla que Vd. posee lindando a los Paseos del Genil cuyo paraje es uno de los dedicados al recreo y concurrencia de los vecinos de esta capital, la Comisión de Ornato ha decidido pedir a Vd. la construcción de un tapial a la orilla de la Acequia Gorda, con la elevación y decoro correspondientes para ocultar la mala vista de aquel”.

La construcción de la tapia debía comenzar en 30 días desde la reunión de la Comisión celebrada el 11 de noviembre de 1842, y debía estar supervisada por el arquitecto del Cuartel 1, Juan Pugnaire. El estado de ruina de este lavadero fue también el motivo por el que se denegó la licencia a Josefa Núñez, para abrir en sus instalaciones unos baños públicos. Fruto de estas medidas de exorno de la ciudad es el obligado enlucido de las tapias de la huerta que el propietario del lavadero tenía en la Cuesta de los Molinos, y la colocación de la Fuente Nueva de Belén, en el Paseo del Genil, frente al mencionado lavadero. Dentro de las disposiciones de ornato urbano, también se encuentra, el derribo del puente de madera de la acequia Gorda. Esta pasarela, sostenía la tapia que cerraba el huerto del lavadero de la calle San Jacinto, propiedad de Simón Pérez, y se encontraba en estado ruinoso(17). Como vemos las trasformaciones urbanas y el embellecimiento de la vía pública, se produjeron como consecuencia de la perentoria necesidad de las autoridades granadinas del Ochocientos por buscar una nueva organización espacial de la ciudad que supusiera una ruptura del espacio urbano medieval heredado, persiguiendo otorgar a la ciudad de un trazado viario rectilíneo. La idea de configurar una ciudad moderna, funcional y cómoda fue la constante de las acciones municipales acometidas durante este siglo y los primeros años del XX.

3. 3.- Lavaderos en corrales y casas de vecindad: el caso del Bañuelo(18)

Durante el siglo XIX, el crecimiento demográfico y la pasividad de las autoridades granadinas, condujeron a una fragmentación hasta límites infrahumanos de los edificios existentes en los barrios pobres. Este proceso de compartimentación no sólo se limitó a las construcciones modestas de barrios como el Albayzín, San Lázaro o el Realejo, sino también a las antiguas casas palacio ubicadas en el centro de la ciudad, y que la nobleza había abandonado para instalarse en edificios más cómodos y modernos.

El ejemplo más significativo de esta dinámica de fragmentación, lo constituye la zona delimitada por la Carrera del Darro y la calle San Juan de los Reyes, en el antiguo barrio de los Axares. Esta parte de la ciudad pasó de ser uno de los espacios más distinguidos de la ciudad, a confundirse paulatinamente con el popular barrio del Albayzín. Casas mudéjares, como la del Chapiz, o solariegas, como la de los Migueletes, que habían estado en poder de familias acomodadas, se transformaron en degradas y humildes casas de vecinos (Barrios, 2015:346-347).

Otro caso es el de los edificios públicos en estado de abandono y deterioro, a los que no se les encontró mejor destino y función que convertirlos en casas de vecinos. Los elementos que constituían este tipo de inmuebles, grandes patios con galerías, pilar, pozo o estanque, contribuían de manera natural a su reconversión en corrales. Esto es lo que ocurrió con el Bañuelo. Estos baños de época zirí, (Siglo XI)(19) no se convirtieron en corral de vecinos como tal, pero su sala principal, sí se habilitó como lavadero público. Y en el resto de sus dependencias se alojaron algunas familias e inquilinos. El edificio responde a un plan longitudinal de estancias comunicadas desarrolladas tras un patio de acceso que contiene otra serie de dependencias auxiliares. El lavadero se disponía en el tepidarium, la sala templada, por la que se discurría entre fase y fase del baño, y en la que se pasaba más tiempo, de ahí sus mayores dimensiones. Este espacio ocupa el centro del conjunto y su volumen jerarquiza la composición general. Internamente contiene arquerías en tres de sus lados, de arcos de herradura apeados por columnas cuyos capiteles son material de acarreo, romanos, visigodos, califales y del mismo período de la construcción del edificio (Martín y Torices, 1998:88). El lavadero se situaba en la zona central, y su perímetro se desarrollaba en la misma línea que los tres lados de columnas. De esta forma, sus fustes quedaban embutidos en el propio muro de la alberca que componía el lavadero. El lavadero fue documentado gráficamente por Torres Molina, antes de la intervención acometida por Torres Balbás. En estas fotografías se aprecia la estructura de un gran estanque, cuyos muros estaban compuestos de sillarejo y ladrillos. En el contorno superior de la cerca, se situaban trabajadas en cantería, las pilas para lavar, inclinadas hacia el interior de la piscina. Imaginamos que la alberca interiormente llevaría algún revestimiento que la hiciese impermeable.

Desconocemos la fecha en la que el Bañuelo se convirtió en lavadero público. Tras la toma de Granada por los cristianos, durante la etapa morisca los baños públicos, pervivieron en su uso y mantuvieron su actividad, pero tras la sublevación de 1568, la autoridad real consideró que no se podían mantener intactos estos centros, aptos para la conspiración contra el poder establecido tras las capitulaciones de 1492. La mayoría de los baños de Granada fueron demolidos o se destinaron a otras funciones (Pozo, 1999:117). A nivel gráfico, existe un grabado de Girault de Prangey del año 1837, en el que se refleja la sala central de los baños con el lavadero, en una imagen muy romántica y pintoresca por la exaltación de lo islámico y lo ruinoso de la estancia, pero que plasma de manera idealizada, lo captado años más tarde por las cámaras de fotografía.

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Historiográficamente, ya se señaló que Madoz lo incluía dentro del grupo de lavaderos existentes en la ciudad en su Diccionario. Manuel Gómez-Moreno padre, también se refiere a la presencia del lavadero cuando describe a el Bañuelo en su Guía de la ciudad, y se refiere al piso primitivo del departamento principal: “el pavimento era de losetas de barro, y en tiempos posteriores se ha hecho aquí una alberca para lavadero, que algunos han tomado por antigua” (Gómez-Moreno, 1998:417).

Del suelo de la sala también se hace eco Torres Balbás en la memoria de la restauración del edificio, pero no de la presencia de la alberca lavadero:

“Los aposentos abovedados se solaran con ladrillo nazarí como el que tuvieron y del cual quedan algunos restos, excepto en la habitación central en la que el pavimento será de mármol, según los vestigios descubiertos, dejando la solería de todas á la altura primitiva”(20).

El arquitecto conservador derribó construcciones parásitas e hizo una labor de saneamiento y consolidación. La alberca lavadero fue suprimida, y se restituyó su aspecto primitivo al tepidarium. Las fotografías del antes, son el único testimonio documental que se poseen del suprimido lavadero, durante el proceso de recuperación.

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