e-rph 22, jun. 18 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 22, junio 2018
Estudios Generales | Estudios
 
 
Lavaderos públicos en la Granada del XIX según el Diccionario de Pascual Madoz (1845-1850): Conocimiento de un patrimonio
 
     

 

En la actualidad el lavadero de la Puerta del Sol se encuentra sin un uso definido. Permanece como un bien inmueble de carácter testimonial de lo que supuso la praxis constructiva y funcional de este tipo de instalaciones públicas a lo largo del siglo XIX y principios del XX. En cuanto a su estado de conservación mantiene bien sus componentes estructurales, aunque son frecuentes los daños puntuales en los refregaderos de sus pilas, viguería y columnas. Tanto su aspecto interior como exterior reflejan de manera palmaria la condición insociable e incívica de la gente que periódicamente lo frecuenta. Los usos detestables de algunos ciudadanos (vandalismo, grafitis, botellón…), que lo van minando progresivamente, repercuten en el deterioro continuado de este lavadero y en su falta de mantenimiento. De todo ello se desprende que, en general, parece considerarse como un edificio inservible o poco relevante que genera reductos de suciedad y descuido urbano, dentro de una tónica generalizada de abandono y desidia por parte de los organismos e instituciones municipales en lo referente al cuidado y gestión del patrimonio inmueble local.

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Desgraciadamente ninguno de los lavaderos granadinos que Pascual Madoz incluye en su Diccionario, y que analizaremos en páginas siguientes, ha llegado hasta nuestros días. Por ello, y con más razón, habría que tomar las medidas oportunas para que el conjunto de lavaderos que aún perviven en la provincia granadina, incluyendo el anterior, se conserven y se leguen a las generaciones venideras. Comenzando por modificar las propias valoraciones colectivas hacia este tipo de patrimonio arquitectónico considerado durante décadas como inexistente (sólo lo monumental era patrimonio), y en el peor de los casos incluso como negativo. Asimismo, la imagen propagandística que se hace de la arquitectura tradicional y popular como una de nuestras referencias culturales más significativas va unida al desconocimiento real que tenemos de ella, y a la situación de enorme riesgo al que está sometida. Sobre esta arquitectura vernácula confluyen todas las posibles causas que acentuarían su extinción. La especulación urbanística, encubierta en muchos casos con el aura de la necesaria renovación modernizadora, y potenciada con demasiada frecuencia desde las propias instituciones municipales que debieran tutelar este patrimonio (Agudo, 1999:192). Es preciso testimoniar su significado histórico, como parte de una memoria colectiva donde los sectores sociales que construyeron y usaron estas infraestructuras hidráulicas también jugaron un papel destacado.

Así queda recogido y reflejado en el Plan Nacional de Arquitectura Tradicional (2014) redactado por el Instituto del Patrimonio Cultural de España(9) como herramienta de salvaguarda, tutela y conocimiento de los bienes inmuebles pertenecientes a la arquitectura vernácula. El Plan Nacional de Arquitectura Tradicional es un instrumento de gestión en el que se definen las metodologías y los criterios de actuación en este tipo de arquitectura, se identifican los riesgos por los que se ve afectada y se establecen las líneas y programas de intervención más adecuados a desarrollar, con el objetivo de coordinar las actuaciones de diversas entidades y contribuir con ello a amparar este tipo de patrimonio (Benito y Timón, 2014:44). Arquitecturas de uso doméstico fuera de la casa, como los lavaderos públicos, hornos de pan comunales, molinos harineros, pozos, pilares o aljibes, desaparecerán si no se le facilitan las vías para su conservación y para su respeto, ya que muchas de estas edificaciones son muy vulnerables de perderse al no cumplir las funciones tradicionales que justificaban y estimulaban su perpetuación. Su condición de recursos arquitectónicos básicos destinados a usos primarios de abastecimiento humano o para labores complementarias de ámbito doméstico, no impidió que se desarrollasen con frecuencia unas cuidadas arquitecturas con un fuerte carácter emblemático. Por esta razón, constituye un reto el identificar y contribuir a perpetuar el bagaje cultural propio de estas construcciones en sus distintos espacios.

3.- Tipologías de lavaderos públicos en la trama urbana de Granada según el Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico de España y sus Posesiones de Ultramar de Pascual Madoz

De la relación de lavaderos granadinos que Pascual Madoz detalla en su Diccionario, considera como público, únicamente el que se encontraba en Fuente Nueva, junto al Triunfo, del que además señala que fue cubierto en 1843 con una galería para abrigo y defensa de las mujeres que a él concurrían. Además, indica que los lavaderos públicos tradicionales de antaño no eran establecimientos que fueran requeridos mayoritariamente por las lavanderas granadinas al discurrir por la cuidad un buen número de acequias y los ríos Darro y Genil, yendo en detrimento de su demanda, también, la presencia en casi todas las casas de fuentes. Junto con el ya citado de Fuente Nueva, menciona como lavaderos privados, el de Zafra, el de las Tablas, el de Méndez, el del Genil y el que se encontraba en la Carrera del Darro, inserto dentro de los baños árabes del Bañuelo (Madoz, 1987(8):131). Los lavaderos privados coexistieron con los públicos, de gestión pública y privada, en casi todas las ciudades y no sólo en Granada. Por ejemplo, en la ciudad de Jaén, siguiendo el relato de Madoz, no se encontraban lavaderos privados, aunque sí cita en cambio un lavadero al descubierto a la salida de la Puerta de Santa Ana que se abastecía de las buenas aguas rebalsadas de varios raudales, y al que las mujeres de los barrios inmediatos concurrían en gran número a lavar sus ropas. En Valladolid nombra cuatro lavaderos públicos, de los cuales tres se alimentaban con agua de manantial, mientras que el restante lo hacía de la corriente del Esgueva, río sobre el que se enclavaba, en un punto céntrico de la población, estando los demás dentro de muros. Este grupo de lavaderos se arrendaban a un sólo contratista por 1.550 reales anuales. A este número de lavaderos habría que sumar en esta ciudad, otros tres lavaderos más de titularidad privada, abastecidos con agua de manantial y ubicados, dos de ellos fuera de la ciudad y uno dentro del caserío urbano (Sarasúa, 2003:63). Burgos en los años de publicación del Diccionario menciona, como parte de las acciones de abastecimiento público y mejoras urbanas que tenía proyectadas, el establecimiento de un lavadero cubierto situado a la espalda del nuevo teatro y a la derecha del río Arlanzón (Sarasúa, 2003:73). Por su parte en Madrid, una de las ciudades con un mayor volumen de lavanderas profesionalizadas, los lavaderos se disponían a lo largo del curso del Manzanares y sus orillas, donde se distinguían “infinidad de mugeres dedicadas al penoso y especial trabajo del lavado, por este motivo reina en este sitio en todos tiempos una especial animación” (Madoz, 1987(10):922).

Junto con los datos relativos a la presencia de lavaderos en el tejido urbano de las ciudades y pueblos, el Diccionario también aporta información sobre el oficio de las lavanderas urbanas y rurales. De este modo, las lavanderas de los pueblos lavaban en los ríos, en charcas, balsas o en fuentes, debiendo caminar en muchas ocasiones largas distancias para acceder a ellos. En España hay al menos desde el siglo XVIII pueblos cuyas vecinas se dedicaban a esta actividad y que se desarrollaron gracias al negocio de la lavandería. Los informantes que escriben en el Diccionario de Madoz dan cuenta de esta actividad en cuatro ciudades. León, El Ferrol y Oviedo comparten un patrón idéntico, con sus lavanderas desplazándose hasta la ciudad, andando o en caballerías, junto a otros hombres y mujeres que se dedicaban a la venta de otros bienes y servicios en las ciudades. Así, las ropas de los habitantes de León se lavaban en la villa de Ferral de Bernesga, las del Ferrol las lavaban las mujeres de Santa Marina de Sillobre, mientras que en Oviedo las lavanderas procedían de Santa María del Naranco, donde la proximidad de la capital estimulaba “a las mugeres a dedicarse al oficio de lavanderas”. El cuarto municipio que menciona el Diccionario como dedicado al lavado de la ropa es San Ginés de Agudells de Horta, configurado en la actualidad como el barrio de Horta de Barcelona, donde el ramo más productivo era “el lavado de ropas de gran parte de los habitantes de la capital, en que se ocupan las mujeres” (Sarasúa, 2003:61).

La publicación de la obra de Pascual Madoz coincide con las ideas de servicio público y obra pública que se sucedieron a mediados y finales del XIX en España, lo que contribuyó por parte de las autoridades municipales a la proyección y levantamiento de lavaderos de manera notable. A partir de entonces, dejan de ser un simple pilón descubierto junto al abrevadero o fuente que lo abastecía, mínimamente acondicionados para la tarea que en ellos se iba a llevar a cabo, a transformarse en edificaciones de cierta complejidad (Ruiz, 2011:1257). Constructiva y funcionalmente el elemento fundamental de un lavadero es la pila. La pila o pilón es un depósito de agua que se encarga de recibir, contener y evacuar el volumen de agua proveniente por lo general de una fuente o pilar. Este receptáculo generalmente de piedra se construía en las fuentes para que, al caer el agua en él, sirviera de abrevadero y de lavadero. La captación, canalización y desagüe del caudal en él contenido se desarrollaba en una estructura de construcción y concepción sencillas. Los propios depósitos también eran construcciones simples que no requerían grandes movimientos de tierra ni infraestructuras costosas y se adaptaban a la topografía del terreno.

Antes de contar con una instalación específica y con una funcionalidad determinada, las lavanderas utilizaban como lavaderos naturales las rocas y piedras de los cajones de los ríos y arroyos (Luján, 2007:579) (Moraleda y De la Llave, 2009:23). Esta idea de piedra de lavar es la que con posterioridad se trasladó a los lavaderos. En estas construcciones se diferenciaba un espacio para lavar, consistente en un depósito delimitado por pretiles cuyo elemento definidor era una piedra de lavar dispuesta con cierta inclinación hacia el interior de esa cavidad (Ruiz, 2011:1259). Estas edificaciones de carácter popular podían estar vinculadas a otras como pozos, aljibes, fuentes, abrevaderos, albercas, cobertizos y secaderos, formando conjuntos hidráulicos, cuyos materiales más usados para su construcción eran los locales, destacando entre éstos sobre todo las pilas de piedra o fábrica (Sánchez, 2013:393) (Quesada, 2017:3). Al considerarlos en relación con el entorno en el que se insertaban, los lavaderos nos dan a conocer el empleo de técnicas constructivas provenientes de la tradición, pues muchos de ellos compartían un diseño similar, afín al urbanismo y a la arquitectura circundante.

3. 1.- Lavaderos en la toponimia de la ciudad de Granada: calles Lavadero de Zafra, de los Méndez y de las Tablas

La toponimia actual del callejero granadino nos aporta información de lavaderos desaparecidos que han dejado su huella en los espacios de la ciudad marcando el paisaje urbano. El designar con un nomenclátor alusivo a estas construcciones algunas calles de la ciudad nos da idea de la fuerza que tendrían en la ciudadanía como puntos referenciales dentro del caserío granadino al nominar algunos espacios de su trama urbana con nombres de lavaderos. En la Gacetilla curiosa, o semanario granadino, noticioso y útil para el bien común(10), se pude leer en el número de abril de 1764, que: “en el Labadero de Santa Inés, Diego Bueno, de Nación Francés, bufca amo para fervir de Lacayo”. En el número siguiente de la Gacetilla, el del mes de mayo del mismo año, se anuncia el arriendo de un molino de pan en el lugar de Jun: “Quien lo quiera fe verá con D. Pedro Valverde, en la calle del Lavadero de Zafra, en el Boquerón de Darro”. Estos anuncios de la incipiente prensa que existió en nuestra ciudad, muestran como ya en el siglo XVIII se designaban calles con los nombres de los lavaderos que en ellos se encontraban.

Gracias a que los lavaderos estaban relacionados con el mayor o menos número de concentración de población, en la actualidad se convierten en una herramienta muy útil, a partir de cuyo estudio se pueden obtener datos de carácter censal urbano. En el caso de Granada se observa a lo largo de los siglos XIX y XX una dispersión de los lavaderos coincidente con las parroquias con más población de la ciudad. Resulta curioso que en la base documental consultada, apenas existe información de aquellos lavaderos que hoy figuran en el callejero granadino. Tan sólo hemos localizado cinco expedientes relativos a estos lavaderos en el Archivo Histórico Municipal de Granada, tanto en el fondo del Juzgado de las Aguas, como en el resto de documentación que generaba la burocracia de las diferentes comisiones en las que se dividía la administración municipal. Estas comisiones se encargaban de gestionar las diversas materias propias de la vida local a lo largo del siglo XIX. De ellas habría que destacar Gobierno y Abastos, Propios y Arbitrios, Seguridad Pública, Aguas, Salubridad Pública y Ornato y Comodidad Pública (Jerez, 2001:157). De esta última comisión existe un informe referente al lavadero de Zafra y a su estado de abandono. En él, el arquitecto del Cuartel Segundo, José Contreras, notificaba en 1844, la lamentable situación de seguridad y ruina en la que se hallaba este inmueble en los siguientes términos:

“Con respecto a su firmeza e inseguridad debo decir a Vd., que tal edificio es antiguo y falto de una reparación general y en cuanto a ruinas solo se halla en este caso todo el costado o nave de corredores del lado del mediodía, por haberse podrido sus carreras, desplomados los pilares que le sostienen y reventado el muro longitudinal de dicho costado, en igual estado y circunstancias se encuentra el colgadizo del lado de poniente que linda con un solar que se halla agregado en el día a dicho lavadero. Estas dos partes del edificio son las que presentan mas amenazante ruina, que deben remediarse a la mayor brevedad posible, pues de lo contrario se expone la seguridad de las personas que continuamente frecuentan aquellos parajes”(11).

En estos años, el Ayuntamiento granadino se encargaba de gestionar las mejoras y transformaciones urbanas que la burguesía promovía en relación a la seguridad, salubridad y ornato público. La Administración municipal intentaba poner fin a las desgracias que pudieran ocurrir por el desplome de casas y edificios ruinosos, y perseguía que se reedificase en los solares abandonados. Aunque lo que realmente subyacía, en estas operaciones de reforma y renovación que se pusieron en marcha, eran los intereses económicos de la burguesía, que como clase que detentaba el poder local comenzó a especular con el suelo urbano (Jerez, 2001:159). Máxime en una ciudad como Granada en constante transformación urbanística durante la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX, y en la que las ordenanzas, proyectos y planes redactados, regulaban la intervención sobre la ciudad, concretándose sobre todo en la apertura, ensanche y alineación de plazas y calles, y en la firme propuesta de otorgar regularidad a las fachadas (Ibíd.:191). En relación al futuro del lavadero de Zafra, la Comisión de Ornato decidió demoler las partes del edificio declaradas en ruina. No sabemos si este fue el fin del lavadero, o si se reconstruyó y continuó en funcionamiento. De no hacerlo, las mujeres de esta zona se verían obligadas a acudir al cercano lavadero de la Cruz, en la calle del mismo nombre.

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