e-rph 22, jun. 18 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 22, junio 2018
Estudios Generales | Estudios
 
 
Lavaderos públicos en la Granada del XIX según el Diccionario de Pascual Madoz (1845-1850): Conocimiento de un patrimonio
 
     

 

1.- Introducción(1)

El lavado de la ropa se ha realizado históricamente en espacios de diversa naturaleza, asociándose a fuentes de agua directa, como orillas de caudales fluviales, fuentes, acequias, estanques, pilares, abrevaderos, pilones y salida de los molinos entre otros emplazamientos, que comúnmente se adaptaban de manera más o menos precaria para que las mujeres llevasen a cabo este ingrato cometido, sin solventar su mencionado acondicionamiento, los problemas de salubridad y comodidad que tal faena requería (Medianero, 2003:113). Es sobre todo a partir del siglo XIX, dentro del contexto de las medidas higiénico-sanitarias llevadas a cabo en toda Europa, cuando las administraciones españolas desarrollaron un amplio corpus legislativo compuesto por toda una serie de reglamentos y ordenanzas municipales cuyo objetivo último era dotar a las ciudades de un buen número de infraestructuras urbanas destinadas a la higiene pública, tales como el empedrado de calles, la disposición de una red de alcantarillado o la dotación de lavaderos públicos (Sánchez, 2013:387).

Este trabajo pretende ser una vindicación de estas construcciones desaparecidas de la cultura del agua, de las que sólo permanece como testigo de la actividad del lavado de la ropa en Granada, el lavadero de la Puerta del Sol. Atendiendo a los datos que sobre estos inmuebles nos aporta el Diccionario de Pascual Madoz(2) en esta ciudad, durante el Ochocientos existía un nutrido grupo de lavaderos públicos, tanto de gestión municipal, como de titularidad privada, pero de uso comunitario. En esta obra, este político del XIX, recogió el modo de vida de sus contemporáneos, al mismo tiempo que compiló y detalló la industria que había en cada uno de los lugares, pueblos, villas, ciudades, capitales, partidos judiciales y provincias. En este contexto, aparecen los lavaderos públicos, los lavaderos de río, además de los aljibes, las fuentes, y las distintas arquitecturas del agua que se dispersaban por el urbanismo de la ciudad de Granada de mediados de la centuria decimonónica.

Los datos del Madoz, junto con las referencias del corpus documental consultado(3), han permitido contextualizar la historia edilicia y vital de este número de lavaderos, construcciones en las que las mujeres desarrollaban una dura actividad laboral, y que suponían además para éstas, un lugar público, donde podían relacionarse con sus iguales y participar de un entorno social comunitario, fuera del ámbito privado de la casa.

2.- Valores patrimoniales de los lavaderos públicos. La trascendencia de la arquitectura popular

La utilidad de esta remembranza estriba en un doble plano. Por una parte, se trata de recuperar del olvido historiográfico este número de construcciones desaparecidas de las que conservamos documentación acerca de su ubicación, morfología y valores, con la aportación de los más numerosos datos posibles sobre las mismas. Y, por otra, de concienciar sobre las dimensiones de su pérdida en relación con lo que aún se conserva de la cultura vernácula de la ciudad de Granada, obrando de advertencia del riesgo que corremos en cuanto todavía se puede perder más si no se actúa adecuadamente. Estas instalaciones sintieron prontamente el efecto destructor de la marcha de los tiempos por su funcionalidad específica. El avance en las comodidades domésticas los fue arrinconando en el pasado y los condenó al abandono en los mejores casos, cuando no a su derribo en los peores. En este sentido, es significativo que fuera en las zonas más favorecidas por el progreso o en las entidades de población más importantes donde la eliminación de lavaderos se experimentó de manera más temprana (Medianero, 2003:163).

Al desaparecer la labor que en ellos se realizaba, el lavado manual de la ropa, desapareció el interés por estas infraestructuras. Su funcionalidad parece ser el aspecto más ponderado en los lavaderos, pero son construcciones que atesoran más interés que el de su mera función. Los lavaderos expresan, además de una forma de construir, el valor simbólico, que aún permanece en la memoria colectiva de las gentes. No en vano funcionaron como centros privilegiados para la sociabilización de las mujeres. A la hora de recuperar sus valores y su historia física y de vida, hay que ser conscientes de su potencialidad y de su significado, ya que al rescatar del pasado estas obras, recuperamos las señas de identidad del grupo humano que les dio sentido. Además, la edificación de los lavaderos públicos representa una forma de expresión arquitectónica del momento en el que fueron construidos, pero, sobre todo, su complejidad y la forma de implantarse en el medio evocan la capacidad que tiene la arquitectura de generar relaciones con el entorno, apropiándose de su uso, integrándose y fundiéndose con el paisaje urbano, creando un espacio a escala humana. Los lavaderos, recintos impensables para cualquier generación nacida en el seno del actual estado del bienestar, nos permiten imaginar aquel estilo de vida, bien diferente al nuestro (Medianero, 2003:170-171).

Reseñable es también, la incidencia en el aspecto social y económico de los lavaderos públicos como espacios de reunión, donde se hablaba de todo, y centros de trabajo. De su presencia también se deriva la existencia de mujeres dedicadas profesionalmente a las tareas del lavado de la ropa. En este sentido, el hecho de que algunas mujeres diesen sus ropas a lavar a otras pone en evidencia las diferencias de clases existentes en la sociedad del momento (Medianero, 2003:177). En los lavaderos, la mayoría de las veces se daban relaciones de amistad entre las mujeres, originándose momentos satisfactorios, de distracción y compañerismo, pero también situaciones conflictivas. Porque los lavaderos eran lugares de reunión social de primer orden del sexo femenino. Así, como la taberna, la plaza o incluso el abrevadero eran los sitios de relación entre los hombres, el lavadero fue por antonomasia el reducto de las mujeres. Más aún que las fuentes, los lavaderos eran marcadamente femeninos y se convirtieron en espacios urbanos o periurbanos donde las mujeres se sentían fuertes ante los hombres (Cabrera y Granero, 2014:21).

La tarea del lavado de la ropa era una actividad que se solía realizar la mayor de las veces en grupo, ya fuera en los ríos, las acequias o los lavaderos. Al ser un trabajo colectivo permitía a las mujeres charlar, contar historias y también entonar canciones (Moraleda y Pacheco, 1996:46). Existen canciones de trabajo de varios tipos, las que versan específicamente sobre la tarea que se está realizando, de temática amorosa y de queja explícita sobre la faena que se está llevando a cabo. De este modo encontramos canciones de carácter popular en su métrica y estilo, versos de arte menor y rima asonante, con numerosas repeticiones y paralelismos con fuerte arraigo en la tradición oral, pasada de madres a hijas y de origen anónimo, como las siguientes: “Siempre te encuentro lavando, paso río, paso puente, siempre te encuentro lavando, cuándo te encontraré yo en mis brazos descansando”, o, “Lavaba la ropa fría y de tanto que la lavaba la baba se le caía. Lavaba la ropa fría y cuanto más la lavaba más negra se le ponía” (Álvarez y Rodríguez, 1997:51).

Este es uno de los muchos elementos que albergaban los lavaderos pertenecientes al patrimonio inmaterial, y que nos llevan a aseverar que eran mucho más que un sitio en el que lavar la ropa. Al congregar a las mujeres del municipio que acudían portando canastas y calderos llenos de ropa se convirtieron en centros de socialización de la comunidad femenina, pues no faltaban las improvisadas tertulias, los comentarios, las confidencias íntimas, las risas y penas, los cotilleos, las bromas, los chascarrillos y las coplillas, mientras pastilla de jabón en mano y agachadas sobre la pila, frotaban, estrujaban y aclaraban la colada. Como indicó Michele Perrot la construcción de los lavaderos públicos en la trama urbana originaba un espacio de género, de trabajo y de sociabilidad femenina, de solidaridad y ayuda mutua, donde se reunían mujeres de los sectores humildes de la población (Perrot, 1997:54).

Además de la valoración etnológico-antropológica, los lavaderos públicos nos transmiten otros datos de muy variada índole. Pueden ser considerados como auténticos testimonios de la arquitectura popular, con una aplicación ejemplar de los materiales autóctonos y de las técnicas tradicionales. Al mismo tiempo, si los consideramos en relación con el entorno en el que se enclavaban, los lavaderos se constituían en componentes fundamentales del tejido urbano, demostrando generalmente, un engarce adecuado y eficaz con el urbanismo circundante (Medianero, 2003:112). Del nutrido grupo de lavaderos que existieron en la ciudad de Granada solamente ha llegado hasta nuestros días el lavadero público de la placeta de la Puerta del Sol. Este lavadero público, ubicado en el barrio del Realejo, a los pies de la Alhambra, constituye un equipamiento de carácter urbano. La tipología edilicia de este lavadero nos permite contextualizar arquitectónicamente el resto de construcciones de este tipo pues compartían un diseño similar(4).

[Link 1]

La documentación archivística y las fuentes escritas nos aportan datos del resto de los lavaderos que existieron en la ciudad, y que podemos constatar como realidad material y estructural en la actualidad en este lavadero. A pesar de constituir el único ejemplo patrimonial de este tipo de inmuebles en la ciudad de Granada, este lavadero no es incluido por Madoz en su Diccionario debido a que cuando se realizó la investigación previa, por los colaboradores e informantes que trabajaron en las distintas provincias españolas, y la posterior publicación de los diferentes volúmenes (1845-1850), el lavadero público de la Placeta de la Puerta del Sol, aún no se había construido(5).

Si bien hasta ahora el origen de este lavadero era difícil de precisar, a nivel archivístico el dato más antiguo que se ha encontrado, y que aporta luz al respecto, proviene de 1862, seis años antes del derribo de la Puerta del Sol o del Mauror (Beb-Mawrur). Se trata de un expediente documental en el que se proyecta su construcción junto con la de otros lavaderos, por lo que difícilmente Madoz puede citar a este edificio en su obra(6).

Resulta paradójico que, siendo el único titular presente en la ciudad de Granada de este tipo de instalaciones, ejemplo representativo de un legado arquitectónico consuetudinario, el lavadero de la Puerta del Sol no cuente con ninguna figura de protección que garantice su preservación y salvaguarda. No figura incoado dentro de ninguno de los instrumentos de inventario y catalogación que arbitran las medidas necesarias conducentes a actuar decididamente sobre este tipo bienes asegurando su efectiva preservación por parte de la Administración autonómica(7). Asimismo, a nivel local tampoco aparece registrado en el Inventario General de Bienes y Derechos que integran el Patrimonio del Ayuntamiento de Granada, aunque el barrio en el que se sitúa, San Cecilio-Mauror-Antequeruela, sí se encuentra amparado bajo el Plan Especial de Protección, Reforma Interior y Catálogo del Área Centro del Conjunto Histórico de Granada(8).

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