e-rph 22, jun. 18 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 22, julio 2018
Difusión | Estudios
 
 
Educación no formal y patrimonio cultural: concursos y otras convocatorias institucionales en Castilla y León
 
     

 

1.- Introducción

La escuela es uno de los medios más importantes de educación de los individuos, pero no es el único ni puede entenderse hoy al margen de otros ámbitos. La instrucción no formal, que hace unas décadas estaba sumamente limitada, ha ido ampliando su radio de acción. Una de sus manifestaciones menos estudiada es la de los concursos. Se trata de una actividad educativa circunscrita al tiempo libre que cabría incluir dentro de la animación sociocultural, desde el momento que pretenden favorecer la participación activa de un grupo de individuos de una comunidad en el proceso de su propio desarrollo social y cultural (Trilla, 1993: 89). Los formatos son innumerables: creación literaria, pintura, grabado, fotografía, vídeo, música, cerámica, etcétera; y la diversidad de temáticas no conoce límite.

Este campo ha recibido una escasa atención por los estudiosos de la divulgación del Patrimonio Cultural y por ello procedemos aquí a realizar un repaso rápido por su situación a nivel nacional, pasando a considerar el caso concreto de Castilla y León, por más que existan otros concursos en otras autonomías(1). El eje central de este estudio lo ocupa el análisis de dos actuaciones concretas de alcance regional y promovidas desde instancias institucionales. La información procede en su mayoría de las propias páginas web de las instituciones que las organizan. A través de la consideración de sus fundamentos y desarrollo se pondrán de manifiesto algunos de los principios que las sustentan.

Pese a lo que pudiera parecer a primera vista, el interés de los concursos transciende la mera competición y el enfrentamiento en busca de los mejores individuos en el desarrollo de tareas concretas. Al concurrir a uno de estos certámenes se valora mucho más la posibilidad de desarrollar habilidades y de lograr un reconocimiento público, al margen de la obtención de una recompensa. Lo relevante de lograr el éxito sobre el resto de participantes y la recepción de un premio quedaría matizado por otros factores. Los organizadores son conscientes de que, en buena medida, el auge creciente de estas iniciativas viene dado por el interés que surge entre los participantes por formar parte activa en la sociedad. Los concursos les dan la oportunidad de comunicarse y de interactuar a través de canales que les permiten sentirse comprometidos. En todas estas actividades se ha jugado desde hace años con la posibilidad de que el triunfo abra una vía para lograr un reconocimiento. Las personas, pese a que desde el principio se encuentran sometidas a unos condicionantes impuestos por los organizadores, pueden convertir su trabajo en algo difundido en el conjunto de la sociedad –aunque sea de manera limitada y controlada. Se crea para los individuos la expectativa o la ilusión de formar parte de una minoría que sirve como referente para la masa, de que se sobresale del grupo y se tiene una opción de intervenir.

Las personas ya no son simples destinatarios, sino que además se reconoce su papel como agentes activos y se pretende recuperar al individuo como sujeto con autonomía y con capacidades a desarrollar. La constatación de exclusiones generadas por diferencias culturales ha conducido a modificar las formas de articular las políticas sociales, promoviendo la participación ciudadana y la acción colectiva. El más abierto de los modelos de intervención de la población se caracteriza por el establecimiento de procedimientos institucionalizados de contribución en el diseño e implementación de las políticas públicas (Gradin, Picasso y Rieiro, 2012) y esto ha llegado al ámbito del Patrimonio Cultural.

Tras estas prácticas de aparente integración de propuestas favorecidas desde las líneas de dominación y legitimación del poder, se reconocen proyectos que pretenden extender el concepto de cultura para incluir colectivos marginados de la participación creadora y gestora en la cultura dominante. Uno de tales colectivos sería el de los estudiantes y aunque el ámbito de la educación se mantiene en buena medida apartado de estos recursos, es habitual recurrir a la convocatoria de concursos a través de los cuales se da voz e iniciativa a los escolares haciendo que tomen conciencia de temas relevantes del mundo actual. Es una manera de ligar la educación formal, reglada, con la no-formal y de salirse de la rigidez de los desarrollos curriculares de las asignaturas oficiales, por más que las diferencias entre estas modalidades educativas sean más jurídicas que pedagógicas (Colom, 2005).

2.- Concursos escolares

Estos instrumentos juegan, de manera sutil, un importante papel en la formación de las mentalidades y en las dinámicas de construcción cultural. A través de los concursos se buscan objetivos educativos similares a los de otras actividades participativas, como debates y asambleas o acciones en la comunidad, que también pueden realizarse desde empresas y asociaciones (Medir y Magin, 2012). Sirven como vehículos de desarrollo personal y también de integración e interacción social, al tiempo que resultan útiles medios de propaganda. Como ha indicado Sanjuán (2007), la manipulación de la oferta cultural genera un modelo ficticio que se funde con la cultura popular, en un proceso que no conduce a la suplantación, sino a la creación de nuevos patrimonios. Los organizadores de los concursos han percibido la posibilidad de influir sobre las personas concibiéndolos como acciones de sensibilización. Sus objetivos están determinados por la propia entidad que los patrocina y van desde mejorar la apreciación del patrimonio histórico, cultural o natural a la creación de una determinada imagen (positiva o negativa) de un suceso o una organización.

Uno de los destinatarios de estas actividades son los escolares, para los que se instituyen premios, concursos, jornadas y talleres. Los organismos que convocan este tipo de actividades abarcan desde administraciones públicas a fundaciones privadas y de empresas a ONG’s. Algunos, por ejemplo, lo contemplan como parte de su función social y en general las propuestas son tremendamente variadas.

[Tabla 1]

Algunos se dirigen a los niños o jóvenes directamente, pero otros se canalizan a través de los centros de enseñanza y utilizan como mediadores a los maestros. De hecho, muchas convocatorias de concursos imponen una primera selección de los mejores trabajos presentados que los propios centros de enseñanza tienen que realizar antes de concurrir a la competición provincial o regional sin que el centro o el profesor reciban siempre algún tipo de recompensa.

Las administraciones locales y autonómicas suelen centrar la motivación de sus concursos en destacar la historia y las tradiciones de la ciudad o la comunidad, mientras que instituciones y fundaciones pretenden destacar valores más amplios. Por ejemplo, el Defensor del Pueblo promueve un concurso de dibujo orientado a extender el conocimiento de los Derechos Humanos, mientras que la Fundación Institucional Española, en “¿Qué es un rey para ti?”, hace que los escolares conozcan el papel del rey como Jefe del Estado. Por otro lado, el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad tiene su propio concurso sobre consumo responsable para sensibilizar a los escolares de la importancia de consumir “de forma consciente, crítica, solidaria y responsable”. La ONCE a su vez se centra en el análisis del entorno urbano de los niños para que busquen barreras que perjudican a personas con discapacidades y propongan cómo eliminarlas(2).

Respecto a los objetivos, todos los concursos parten del fomento de las capacidades y la formación de los individuos, de su aprendizaje. Sobre esta base, unos lo hacen orientados al interés de los alumnos por la creación artística o por determinadas materias científicas y técnicas, mientras que otros condicionan ese objetivo al desarrollo de temas determinados. Habría que valorar el papel que muchas iniciativas tienen dentro de lo que se consideran experiencias de ocio, en el sentido de que los estudiantes las realizan de un modo libre y sin incidencia directa en su expediente académico, basadas sobre todo en la observación y la participación directa (Cuenca, 2013). En cualquier caso, poco se ha analizado hasta ahora la repercusión que este tipo de concursos tiene sobre lo que se conoce como itinerarios del ocio, que se inician durante la infancia y contribuyen a conformar la identidad personal y social de cada individuo (Monteagudo y Cuenca, 2012). Para ello deberían proporcionar los recursos que permitieran desarrollar un pensamiento crítico y comprometido, aunque no siempre se consigue.

El panorama general que acabamos de referir tiene su plasmación dentro de la Comunidad de Castilla y León. En el ámbito de la participación de los escolares, la Administración Autonómica promueve desde distintas instancias muy variados certámenes de distintas temáticas. Por poner un ejemplo, la Consejería de Economía y Empleo, a través de la Dirección General de Trabajo y Prevención de Riesgos Laborales, convoca desde hace más de una década un concurso específico para la realización de trabajos relacionados con la prevención de riesgos laborales entre alumnos del último ciclo de Primaria, ESO, Bachillerato y Formación Profesional(3). Los trabajos han de consistir en un texto escrito (redacción o relato corto) o en un trabajo artístico (cartel, fotografía, pequeña escultura o reproducción multimedia). En este caso debe figurar un profesor responsable, desde el centro educativo, aunque el trabajo es de realización individual de los alumnos. Como se especifica en la convocatoria “los niños de hoy serán los trabajadores y empresarios del mañana” y a ellos se dirige el objeto del concurso para “extender la cultura preventiva a toda la sociedad”(4).

Lo más habitual, no obstante, son las actividades surgidas desde la Consejería de Educación que se orienta más específicamente a los estudiantes. Se encuentran convocatorias como los “Premios a la convivencia entre el alumnado”, que reconocen las actuaciones de los alumnos relacionadas con la mejora de la convivencia, en especial con la ayuda entre iguales y la mediación entre el alumnado(5). Las candidaturas deben ser presentadas por los centros y el protagonismo de los alumnos queda relativizado. Los alumnos se reconocen como un elemento fundamental en su contribución a la creación del adecuado clima de convivencia escolar, pero su papel queda constreñido a seguir los cauces marcados por el Decreto 51/2007 que regula los derechos y deberes de los alumnos y los cauces de resolución de conflictos. Finalmente los premiados sólo merecen una mención de la distinción obtenida dentro de su expediente académico y en su historial, a título meramente honorífico.

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