e-rph 22, jun. 18 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 22, junio 2018
Concepto | Estudios
 
 
La memoria del esparto y su industria en Cieza (Murcia). Apuntes sobre la recuperación y puesta en valor de un Patrimonio Inmaterial, Industrial y Paisajístico
 
     

 

Hoy en día, la industria del esparto en Cieza no deja de ser una actividad residual que apenas involucra a unas pocas empresas. Y en todo caso, su impacto económico y social es mínimo. Una parte importante de la economía local recae ahora en el sector servicios, mientras que la actividad agrícola, todavía principal, se ha reconducido al cultivo de árboles frutales. Su memoria, sin embargo, sigue viva. La actividad artesanal que todavía hoy desarrollan algunas personas mantiene el recuerdo de un pasado que todos conocen pero pocos reivindican. Las ruinas de las viejas fábricas y las antiguas balsas en las que se cocía el esparto, con su penetrante y fuerte olor característico, jalonan los alrededores del municipio; y en el Museo-Centro de Interpretación del Esparto se recogen y exponen objetos y maquinaria salvados del más completo abandono. Aquí se trata de explicar la historia y la técnica, con demostraciones en vivo del proceso seguido, especialmente del hilado.

Más compleja es la trasmisión de este saber hacer. Todos los oficios requerían de un gran esfuerzo físico —pensemos en los arrancaores, que pasaban varios días seguidos en el monte, cargando esparto y expuestos a las adversidades meteorológicas del día y la noche; o en los balseros—, pero algunos eran también peligrosos. Era común que las picaoras dieran con sus manos bajos los enormes mazos de madera, amputando o destrozando sus dedos; los rastrilladores solían verse afectados por enfermedades pulmonares consecuencia de la inhalación continua del polvo de la fibra; y un oficio menos lesivo, como el de menaor —aquel que giraba la rueda de la máquina de hilar— solía estar desempeñado por niños, a pesar de una teórica prohibición. Los hilaores, en cambio, requerían una habilidad que se conseguía solo tras años de aprendizaje. Así, es fácil entender la dificultad de trasmitir y conservar en las nuevas generaciones el vínculo con un oficio que era y es, duro, poco rentable y arduo.




Ilustración 08. Ilustración 8. Picaoras trabajando en los mazos. Fuente: Fototeca Museo del Esparto de Cieza.

4.- La conservación del patrimonio cultural del esparto. Normativa e iniciativas asociadas

De acuerdo con lo señalado, el patrimonio cultural del esparto requiere medidas y políticas que reconozcan y atiendan a esta complejidad de valores. Solo desde una visión amplia e integral de este tipo de legados es posible una tutela eficiente, entendiendo como tal el conjunto de medidas dirigidas, no solo a la protección y conservación de determinaos objetos o bienes, sino también a su interpretación, a su puesta en valor y a su reconocimiento y fruición por parte de la ciudadanía.

En España, la base de este sistema es la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico, que en su Art. 1.2 establece:

“Integran el Patrimonio Histórico Español los inmuebles y objetos muebles de interés artístico, histórico, paleontológico, arqueológico, etnográfico, científico o técnico. También forman parte del mismo el patrimonio documental y bibliográfico, los yacimientos y zonas arqueológicas, así como los sitios naturales, jardines y parques, que tengan valor artístico, histórico y antropológico”.

Apartado al que se añade, muy recientemente, el siguiente inciso final:

“Asimismo, forman parte del Patrimonio Histórico Español los bienes que integren el Patrimonio Cultural Inmaterial, de conformidad con lo que establezca su legislación especial”(15).

Se trata de una norma con casi tres décadas de historia, que en su momento vino a atajar la dispersión normativa existente y, sobre todo, a adecuar nuestra legislación a los nuevos criterios internacionales de protección y enriquecimiento de los bienes culturales. A día de hoy, sin embargo, se observan en ella lagunas y se reconoce la superación de algunos de los principios que la sustentan(16). Su vigencia se mantiene en gran medida, a causa del limitado papel que, en esta materia, el reparto competencial de la Constitución reconoce al Estado frente a las Comunidades Autónomas. Son éstas últimas las que, partiendo del mínimo común establecido en la Ley de 1985, han asumido progresivamente la responsabilidad de tutelar los bienes culturales, promulgando leyes propias que han ido adecuando y actualizando la normativa a la realidad cultural de cada territorio.

El ejemplo más evidente es el que atañe al patrimonio inmaterial, que como acabamos de apuntar no estaba recogido en la Ley hasta 2015(17). Pero ocurre lo mismo con el Patrimonio Industrial y el Paisaje Cultural.

De acuerdo con la Ley estatal, los bienes vinculados a la actividad industrial quedarían recogidos entre “los inmuebles y objetos muebles de interés […] científico o técnico” que señalaba el citado Art. 1.2. O, si atendemos a la metodología de su estudio, entre los bienes arqueológicos (Art. 40.1). De hecho, es un concepto que tampoco recoge la mayor parte de la legislación autonómica posterior(17).

La cuestión del Paisaje Cultural es el segundo punto de atención. Se trata de una categoría patrimonial recientemente consolidada, fruto de una larga reflexión que, desde el siglo XIX, ha ido ampliando el interés desde el objeto aislado a su contexto, no solo histórico, social, económico o político, sino también al contexto geográfico que lo determinan y, en ocasiones, lo originan. La Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español tampoco recoge el concepto de Paisaje Cultural, al que solo se aproxima a través de la figura de Sitio Histórico, definido como “el lugar o paraje natural vinculado a acontecimientos o recuerdos del pasado, a tradiciones populares, creaciones culturales o de la naturaleza y a obras del hombre, que posean valor histórico, etnológico, paleontológico o antropológico” (Art. 15.4). En cambio, en el ámbito internacional su desarrollo conceptual se afianza a partir de la incorporación, en 1992, del Paisaje Cultural como categoría propia de la Convención para la Protección del Patrimonio Cultural y Natural de la UNESCO (UNESCO, 1992); y sobre todo con la aprobación, en el año 2000, del Convenio Europeo del Paisaje, que lo define como “… cualquier parte del territorio tal y como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos” (Consejo de Europa, 2000)(19). Retomando, finalmente, los bienes inmateriales, habría que reconocer la importancia de la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO de 2003, ratificada por España en 2006, que abre una etapa a la que la realidad normativa y administrativa española va progresivamente adaptándose a partir de una definición aceptada internacionalmente:

“Art. 2.1: Se entiende por ‘patrimonio cultural inmaterial’ los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas —junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes— que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad y contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana […]” (UNESCO, 2003).

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