e-rph 22, jun. 18 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 22, junio 2018
Concepto | Estudios
 
 
Patrimonio y paisaje cultural del agua en el Valle de Ricote (Murcia)
 
     

 

2.- Configuración del paisaje

Como decimos, la disposición del paisaje actual ha sido condicionada y modelada notablemente durante los últimos seis siglos mediante la aportación y colaboración de varios agentes en el territorio: el medio físico, cuyas peculiaridades orográficas colaboraron en su relativo aislamiento y así en la pervivencia de tradiciones y cambios; las singularidades demográficas y su legado morisco que ha perdurado en la cultura agraria hasta el siglo pasado (García, 2012, 17-30); la capacidad de actuación del colectivo o del individuo en base a la situación económica del momento; fundamentales resultaron la intervención de organismos institucionales, especialmente de la Orden de Santiago y el Concejo Municipal; sin olvidar la importancia que la agricultura como motor económico ha jugado a lo largo de la historia de la actual Región de Murcia.




Ilustración 01. Ilustración 1. El curso del río a la entrada y a su paso por la vega fluvial de Abarán. Fuente: Elaboración propia.

Resulta imposible entender la peculiar administración de la comarca del Valle de Ricote sin tener presente las particularidades de su demarcación, conformado por seis diferentes municipios ya constituidos desde la Edad Media: Abarán, Blanca, Ojós, Ulea, Villanueva del Segura y Ricote. Éste último ha sido cabeza de la encomienda santiaguista y el mayor núcleo de población hasta principios del siglo XVIII además de por emplazarse en un punto estratégico de elevada altura que habilitaba a la protección y al control del territorio. A sus pies se extiende básicamente una cuenca fluvial donde se condensan la fertilidad de sus huertas y las principales vías de comunicación, agropecuaria y humana, por las que conecta con Cieza y el resto del territorio. La Vega Alta del Segura (Cieza, Abarán y Blanca) se caracteriza por una orografía accidentada, con un relieve de una gran variedad, con paisajes fluviales y de montaña, a veces con barrancos, y otras pequeñas vegas aprovechadas para el cultivo, creando un paisaje fuertemente antrópico frente al resto de pequeños pueblos del Valle. En el término de Abarán el tramo del río a su paso por la villa tiende a realizar una zapa lateral para ensanchar la cuenca, pese a que el curso fluvial se halla encajonado entre cuerpos montañosos, algunos de elevada altura, en sus faldas como en los aledaños del río, se configuran fértiles vegas que, aunque limitadas por la altitud de los cuerpos montañosos, han conseguido salvar las dificultades para la aspersión fluvial directa. ¿Cómo se superó tal problema? El remedio estuvo localizado en los mismos obstáculos que impidieron el riego directo: la altura y el desnivel. La intervención de la mano del hombre en zonas superiores del río por medio de estructuras de retención y desviación de agua (azudes) hacia la boquera de canalizaciones (acequias), emplazadas en el margen a mayor altura que el cauce natural, fue la respuesta y la solución al impedimento producido por el desnivel. A continuación, la acequia continuaba el recorrido del río, pero a una cota superior, con el fin de aprovechar y regar la superficie de la vega y lograr superar los niveles de altitud. Tal acción condujo a la transformación de una amplia superficie, logrando transmutar el territorio de secano y exiguamente fructífero a regadío y abundantemente productivo. Este mecanismo técnico también fue aplicado en las riberas fluviales de Cieza, Blanca, Ojós, Ulea y Villanueva del Segura.

Sin embargo, esta alteración técnica no pudo hacerse realidad sin la intervención de tres agentes sociales primordiales en el Valle de Ricote: La Orden de Santiago, los concejos municipales y los movimientos sociales en forma de agrupaciones de propietarios o vecinos, especialmente a partir del siglo XVIII. La encomienda santiaguista del Valle de Ricote comenzó a gestionar el territorio en las últimas décadas del siglo XIII, cuando Sancho IV lo cedió a la Orden de Santiago (Gil, 1986: 203-219), jurisdicción que perduraría hasta mediados del siglo XIX con las desamortizaciones. El sistema de encomiendas fue un apoyo trascendental para la configuración del paisaje. Su esencial protagonismo puede comprobarse a través de la historia de Abarán, la cual recibió Carta Puebla en 1480, gracias a la concesión de villazgo otorgado por la Orden (Lisón, 1983:28), a lo que le acompañó un repoblamiento, con familias provenientes de la localidad de Hellín. Sin este movimiento político, probablemente, las tierras hubieran quedado vacantes, sin huella humana y el contexto y los fenómenos históricos no se hubieran podido producir en este espacio (Lemeunier, 1996: 39). Tal aserción no solo se explica por la línea gubernamental, sino también por medio del apoyo que los comendadores mostraron a través de intervenciones directas realizadas en la acequia principal de Abarán durante todo el periodo de la Edad Moderna con el propósito de reformarla y ampliar la producción. Sin estas colaboraciones el núcleo urbano hubiera quedado diezmado, e incluso despoblado, puesto que el soporte económico de los habitantes dependía principalmente de este sistema hidráulico. Recordemos que será a partir de 1665 cuando el territorio se unificó administrativamente con la creación del Partido Judicial de Cieza.




Ilustración 02. Ilustración 2. Evolución de regadío en la zona desde el cuarto tercio del siglo XVIII hasta los inicios del siglo XIX. Fuente: Elaboración propia.

Por otro lado, y cómo sucedió en tantas otras villas de la Península durante la Edad Moderna los Concejos locales adquirieron mayor potestad, tanto en lo administrativo como en lo gubernamental, a causa del crecimiento y la consolidación del espacio urbano. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII constatamos, a través de la documentación, un enriquecimiento en el territorio ligado en gran parte a la explotación de tierras y aguas. La competencia en el arrendamiento de las yerbas (pasto), la comercialización del trigo y la creación de los estancos o abastos supuso para este órgano local unos suministros económicos beneficiosos. Esta situación representó un aumento de su autoridad en la población, así como de poder en la gestión de su jurisdicción. El concejo municipal, además de ser el medio de expresión más idóneo de la clase dominante local, como afirmó Rodríguez Llopis (Rodríguez, 1986:306), igualmente representó a la comunidad vecinal llegando a sustituir a la Orden tras el declive de la encomienda santiaguista en el siglo XVII hasta su desaparición a mediados del XIX.

Desde principios de la Edad Moderna un tercer agente comenzaría a jugar un papel determinante como entidad inversora y dinamizadora ligada al agua: los Heredamientos. Estas comunidades de regantes constituían un ágil sistema de gobernanza sobre la gestión de riego entre diferentes propietarios de tierra. Para optar a una convivencia pacífica y ágil, los hacendados establecieron unos estatutos con normas basadas, principalmente en una igualdad de derechos tocante a la gestión del agua, a la inversión en nuevas infraestructuras, como en sus limpiezas y restauraciones. Por otro lado, cada heredamiento se administraba de manera diferente. Por ejemplo, a diferencia de los tribunales de aguas de Murcia (Montaner, 2008: 185191), Orihuela (Canales, 2012: 265-287) o Valencia (Martínez,2014:31-97) en los gobiernos de sus huertas, estas instituciones carecía la mayoría de ellos de órganos fiscalizadores comunes para la comarca, ya que eran custodiados por los propios miembros, caso del Heredamiento de la Noria de Don García en el siglo XIX, aunque también existieron casos dependientes de las casas consistoriales, como sucede entre el Heredamiento de la Noria Grande de Abarán y el ayuntamiento de la citada villa. La capacidad de financiar sistemas de gran influencia en el paisaje, especialmente desde principios del siglo XVIII hasta la actualidad, permitió a los propietarios mejorar su situación económica, como bien presenta la comunidad de regantes de la Acequia de la Charrara. Tales organismos privados viabilizaron, entablaron y perfeccionaron un regadío más continuo y de mayor producción agrícola que el que producía la lluvia, lo que repercutió sin duda en el aumento de la población y en la basculación hacia zonas hasta entonces yermas.

Tampoco podemos olvidar la evolución demográfica y sus características más distinguidas. La cifra de habitantes evolucionó con variantes en la comarca, especialmente en la Edad Moderna. La Guerra de las Alpujarras supuso un incremento considerable de población debido a la reubicación de los musulmanes supervivientes (Molina, 2014:187-202). A pesar de este dato, el siglo XVII estuvo marcado por un descenso poblacional precisamente por la expulsión de los moriscos (Chacón, 1980:110-137; Gil, 2011:65-85; Hernando,1982:70-101; Bernard, Dimas, y Abad, 2015), sin olvidar desde luego las epidemias, los constantes conflictos del estado, los accidentes meteorológicos (riada, heladas, sequias) y las consecuentes hambrunas. Como es comprensible este panorama originó un empeoramiento de la calidad de vida y un descenso poblacional, con el abandono de una parte importante de la explotación y usos de las formas tradicionales de trabajo.

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