e-rph 20, jun. 17 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 20, junio 2017
Gestión | Estudios
 
 
La gestión comunitaria del agua en la cara norte de Sierra Nevada: Acción colectiva y saberes etnoecológicos en los sistemas de riego de origen andalusí | José Francisco Ruiz-Ruiz, José María Martín Civantos
 
    

 

2.- Los sistemas de riego como sistemas socio-ecológicos

Como sucede con la mayoría de los fenómenos socio-ambientales, los sistemas de riego son realidades cuya comprensión demanda un enfoque capaz de analizar integradamente los procesos sociales y naturales. Para ello es necesario dejar atrás la vieja visión dualista que entendía ambas realidades como diferentes e inconexas (Santamarina, 2008). El concepto de sistema socio-ecológico es una unidad de análisis especialmente adecuada para abordar este tipo de relaciones ya que permite “superar las fragmentaciones epistemológicas, ontológicas y analíticas que nos atenazan impidiendo una consideración sistémica compleja que articule lo socio-cultural y lo biofísico de forma operativa” (Escalera y Ruiz-Ballesteros, 2011: 113).

Los sistemas socio-ecológicos se definen como unidades en las que lo social y lo biótico se encuentran interconectados a través de una compleja red de conexiones socio-ecológicas, lo que impide entender ambos ámbitos de forma independiente. En ellos ser humano y naturaleza coevolucionan como un todo integrado, de forma que lo que sucede a nivel social está íntimamente relacionado con lo que ocurre a nivel ecológico, y al revés. Además, los sistemas socio-ecológicos están continuamente expuestos a condiciones ecológicas y sociales cambiantes, ante las cuales son capaces de desarrollar diferentes estrategias y capacidades que les permiten absorber dichos impactos de forma activa. Esto es lo que se denomina resiliencia (Holling, 1973), un concepto complejo y aún en construcción, pero muy válido para analizar y comprender las dinámicas que tienen lugar en este tipo de realidades. Se trata de la capacidad que el sistema posee para recuperarse de las perturbaciones, absorber el estrés, internalizarlo y transcenderlo (Berkes et al., 2000: 1252), todo ello en una especie de proceso creativo de cambio que, no obstante, permite mantener la esencia misma del sistema (Escalera y Ruiz-Ballesteros, 2011).




Ilustración 03. Figura 3. Los agroecosistemas de Sierra Nevada no son unidades independientes del entorno natural, sino que forman parte de él. Las acequias son usadas principalmente para regar, pero también cumplen funciones ecosistémicas indispensables para la montaña. Autor: J. F Ruiz Ruiz.

El concepto de resiliencia es de una gran utilidad analítica para lidiar con la naturaleza propia de los sistemas de regadío. Estos espacios están sujetos a fuertes cambios y presiones, tanto internas como externas, que suponen un riesgo social o ambiental para su supervivencia. En algunos casos, es la creciente escasez de agua la que pone en riesgo la continuidad del sistema y la que obliga a reelaborar las formas tradicionales de gestión del agua. En otros, es la presión urbana la que hace peligrar la superficie de cultivo y los trazados de las redes de distribución de agua. Incluso la aprobación de nuevas legislaciones europeas y nacionales atentan contra los usos comunitarios del agua que estos sistemas vienen realizando desde hace siglos(2). También es de destacar como uno de los mayores retos de estos sistemas tradicionales el progresivo envejecimiento del tejido agricultor y la falta de un relevo generacional que asuma la conservación de la actividad y las infraestructuras de riego. En cualquier caso, desde su creación hasta la actualidad estos sistemas han debido superar multitud de retos ambientales y sociales, por lo que cualquier imagen de ellos estática y equilibrada es poco fiel a la realidad.

2.1. Las comunidades de regantes: más allá del diseño institucional

Estrechamente relacionado con la capacidad de resiliencia de los sistemas de riego se encuentra la gestión que en ellos se hace del recurso agua. Al igual que sucede con otros recursos de uso común (bosques comunales, bancos de pesca, etc.), el éxito o fracaso en su gestión se relaciona con la capacidad de los colectivos usufructuarios de establecer un aprovechamiento controlado, evitando así la conocida como tragedia de los comunes (Hardin, 1968). Para ello, las comunidades de regantes actúan como instituciones sociales cuya responsabilidad es la regulación y control del aprovechamiento del agua y de ellas depende el buen uso y reparto del recurso. Este tipo de institución se define como conjuntos de reglas de trabajo que se utilizan para determinar quién tiene derecho a tomar las decisiones en cierta área, qué acciones están permitidas o prohibidas, qué reglas de afiliación se usarán, qué procedimientos deben seguirse, qué información debe o no facilitarse y qué retribuciones se asignarán a los individuos según sus acciones (Ostrom, 1990: 94).

Con ello la comunidad de regantes controla y reprime acciones que no respeten las normas comunitarias y que busquen el beneficio propio o free-riding (Olson, 1965), por lo cual, desempeñan un rol fundamental en el mantenimiento del orden en los sistemas socio-ecológicos. Tal y como apunta Fernea (1997: 218), “los agregados de seres humanos que carecen de una base institucional para el uso sistemático de un recurso, parecen estar en una situación de propensión al conflicto”.

El diseño que poseen este tipo de instituciones guarda una estrecha relación con su capacidad de poner en marcha la acción colectiva necesaria para la buena gestión del recurso (Anderies et al., 2004; Janssen et al., 2006; Ostrom, 1990, 2009). Además, de dicho diseño depende en gran medida la capacidad de estas instituciones para hacer frente a situaciones de estrés interno o externo, es decir, su robustez, la cual se entiende como el mantenimiento de las características deseables a pesar de las fluctuaciones e imprevistos (Carlson & Doyle, 2002).

Como puso de manifiesto Ostrom (1990), diversas instituciones que realizan una gestión exitosa de recursos de uso común en distintas partes del planeta comparten un diseño institucional basado en principios comunes, como la posesión de límites claros de pertenencia, contar con un régimen sancionador y mecanismos para la resolución de conflictos, etc.

Sin embargo, tal y como han apuntado algunos autores (Steins & Edwards, 1999, 2000), el diseño de las instituciones por sí mismo no es garantía de éxito en la gestión del recurso. Más allá de esta cuestión, es necesario tener en cuenta factores históricos, contextuales, sociales, etc. que sin duda son fundamentales en su funcionamiento y sobre todo en las percepciones y motivaciones de los usuarios que las conforman (Mc Cay, 2002). En este sentido, las instituciones se convierten en algo más que un conjunto de reglas de funcionamiento y adquieren una dimensión mucho más social. No solo definen cómo realizar el uso colectivo del recurso, sino que además actúan como centros reconocidos de conservación y difusión de los conocimientos etnoecológicos acumulados históricamente y que sustentan dicho manejo.

Para Gómez-Baggethun et al. (2012) los sistemas de conocimiento tradicional y las instituciones asociadas son un reservorio de memoria a largo plazo de las adaptaciones socio-ecológicas al cambio. Efectivamente, los sistemas socio-ecológicos en los que existe una continuidad histórica en la gestión de recursos naturales desarrollan un complejo conocimiento ecológico local, resultado de un prolongado proceso de experimentación ecológica y social en el manejo del recurso. Este tipo de conocimiento se define como un cuerpo acumulativo de saberes, prácticas y creencias sobre el funcionamiento del medio natural y las relaciones entre sus componentes, que se transmiten de generación en generación (Berkes, 2000: 1252). Según Toledo y Barrera-Bassols (2008) la relación entre los actores y su escenario productivo se estructura temporalmente en base al ciclo diario, al ciclo anual, al ciclo generacional y a hechos de carácter intergeneracional. El complejo de saberes (kosmos-corpus-praxis) se dinamiza (crea, transmite, transforma) a través de procesos circulares de distinto alcance que, no obstante, se interrelacionan entre sí dando lugar a un escenario giratorio. A través de cada uno de estos ciclos va teniendo lugar la acumulación de experiencia socioecológica. Cada día los actores aprenden, modifican o renuevan parte de su saber local. También lo hacen a lo largo del año e incluso a lo largo de su vida, de forma que la construcción de esta memoria etnoecológica colectiva siempre está abierta y en proceso.




Ilustración 04. Figura 4. Medición del agua de la alberca mediante caña graduada tradicional. Autor: J. F. Ruiz Ruiz.

Es un factor fundamental del que depende la manera en que las comunidades locales se relacionan con su medio y gestionan los recursos naturales que éste les brinda. A diferencia del conocimiento científico, el conocimiento etnoecológico está inserto en todo el complejo social, permeando desde sus instituciones hasta su manera de ver el mundo. Es un patrimonio inmaterial propio de la comunidad de usuarios (Ruiz-Ruiz, 2015).

En los sistemas de riego el saber etnoecológico se compone de un gran abanico de conocimientos, prácticas y creencias que versan fundamentalmente sobre la gestión del agua, pero que implican además otros ámbitos estrechamente relacionados con esta, como son el uso de los cultivos, las características de los suelos agrícolas o los elementos ambientales que influyen en la abundancia o escasez del agua. Toda esta memoria socio-ecológica es conservada, actualizada y experimentada continuamente por la comunidad de regantes.

 

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