e-rph 20, jun. 17 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 20, junio 2017
Difusión | Estudios
 
 
La comunicación de los centros museísticos eclesiásticos en Castilla y León | Emilio de Domingo Angulo
 
    

 

4.- La comunicación museográfica: esa asignatura pendiente

Como ya hemos indicado, la comunicación museística ha mejorado mucho y se hace evidente en unos centros museísticos más que en otros. Por ejemplo, en el Museo de la Colegiata de San Isidoro de León, se ha corregido el discurso narrativo, se ha mejorado la relación con el público poniendo a su disposición diferentes medios como hojas explicativas en cada sala, se han adaptado las visitas a los más pequeños con una selección de piezas acompañadas de imágenes y realizado talleres bilingües (Jaén, 2016:22). Pero a pesar de ello, todavía percibimos que la comunicación que proporcionan los centros museísticos eclesiásticos, en muchos casos, se basa todavía en frías cartelas y paneles que acompañan a las piezas y obras, con textos repletos de nombres, datos y fechas, generalmente, con poca repercusión en el visitante, que cuando abandona el lugar, ya no se acuerda de casi nada de lo que ha leído. A muchas de las exposiciones les falta un hilo argumental coherente. Por ejemplo, una catedral, un monasterio, es o ha sido un organismo vivo, donde los sacerdotes y monjes hacen su vida, oran, trabajan en diversos oficios, hacen música, están organizados bajo una regla, y en otros tiempos copiaban códices y generaban cultura; un lugar donde el pueblo manifiesta su fe, todo ello se puede ver reflejado en las piezas que se nos muestran en los centros museísticos; están ahí expuestas, pero si no se saben interpretar, el visitante no lo percibe. La gran mayoría de las personas, cuando visita un bien patrimonial, echa en falta una explicación más didáctica, fácil de comprender, comenzando por integrar el objeto en su contexto histórico para poder asimilar lo que supuso en su momento y la importancia que ha tenido o tiene en la actualidad. La motivación muchas veces para estudiar e interesarnos por la historia, surge de la utilidad práctica para explicar y justificar las cosas del presente; es más, una vez que las cosas del presente han sido historiadas alcanzan nuevo sentido. La comprensión de lo sucedido ayuda a esclarecer mejor lo que sucede. Un acontecimiento que no se relata puede existir, pero desaparece para la posteridad (Piñuel, 2006: 20).

Lo que observamos es que esta información, siendo válida, no es asimilable por todo el mundo. Habitualmente cuando uno accede a la información de una obra, ésta nos va a proporcionar datos sobre la época, estilo, autor, -si se conoce-, y material en que está realizada. A esta información le suele faltar contextualización, humanización e interpretación. Es curioso cómo, la mayoría de las veces, la figura del hombre no aparece por ningún lado, como si esa pieza hubiese aparecido de la noche a la mañana, sin un proyecto impulsado por alguien, sin un mecenas, sin un objetivo concreto y sin un esfuerzo por parte de la población. No se facilita entender cómo se pudo hacer de esa magnitud, con esa riqueza, y en esa época. Información que nos hable de la sociedad de ese tiempo, su religiosidad, sus creencias, el papel de la iglesia…, es decir, todo aquello que podemos enmarcar en la llamada sociología del arte.

Estaremos de acuerdo que toda esta información no cabe en un folleto turístico o en un panel informativo, pero sí hay recursos hoy en día que pueden ayudar a la comprensión más racional del arte en su contexto mediante las tecnologías de la comunicación. Los museólogos de la Iglesia creen necesario aplicar las nuevas tecnologías multimedia en los museos eclesiásticos siempre que ello contribuya a convertirlos en museos integrados y próximos a sus visitantes (Jaén, 2016: 23). Una audioguía, una infografía o un audiovisual, bien realizado y estructurado, puede ser un medio muy potente para que, en pocos minutos, podamos tener una contextualización del museo, una visión más amplia y real de la citada obra o colección. También los elementos interactivos, sobre todo para el público más joven, seguramente, pueden ser el canal idóneo para hacerlo más comprensible y lúdico. Estos dispositivos, ya sean audiovisuales, infografías, pantallas interactivas, RV o RA, descomprimen complejos narrativos facilitando la interpretación de la obra, redefinen los itinerarios expositivos en espacios participativos, así como estimulan el juicio reflexivo y la experimentación lúdica (Torres, 2013:208). Y cada vez más, la incorporación al patrimonio en general, de los denominados mobile learning, móviles con aplicaciones de lectura de códigos QR, que nos ampliarán la información, o con marcadores de Realidad Aumentada. Pero hay que tener en cuenta, como nos proponen Santacana y Grevtsova, que para poner en marcha estas aplicaciones hay que reflexionar primero sobre su contenido y comprobar la cobertura de red. Por otro lado, estas aplicaciones, suelen ser un recurso relativamente barato, eficaz e inteligente para construir elementos de mediación didáctica, siempre que contengan ideas atractivas. Un buen recurso sin ideas se transforma en un recurso inútil. Destacamos, que los códigos QR o de Realidad Aumentada, no son un sustituto de la museografía, sino un complemento interactivo (Santacana, 2014: 193-197).

Además, todos estos elementos pueden estar colgados en la página web del centro museístico o del gestor o dinamizador del mismo, con acceso cómodo y rápido, o expuestos en algún panel del propio centro para consulta del gran público. En el caso de los centros de interpretación estas nuevas tecnologías ya se están incorporando al discurso museográfico con el fin de cumplir esa función de aprendizaje, didáctica, interpretativa y lúdica del patrimonio.

Nos parece elocuente cómo los nuevos espacios museísticos que se han creado en los últimos años son fruto del cambio producido en el concepto de presentación del patrimonio y su usabilidad, con nuevos recursos expositivos, dirigidos a un público masificado y heterogéneo. Supone por tanto, un nuevo enfoque en la comunicación del patrimonio, acercándolo a ese público que acude a contemplar y participar del mismo, incorporando diferentes recursos didácticos y tecnologías al discurso museográfico, con el fin de cumplir esa función de enseñanza-aprendizaje, interpretativa y lúdica. Este cambio ya lo podemos percibir en las nuevas instalaciones museísticas abiertas recientemente o remodeladas, sobre todo en los llamados centros de interpretación, como el centro de interpretación de la orden Dominicana en Caleruega (Burgos) o el Área arquitectónica de la Catedral de Burgos, por poner algunos ejemplos, los cuales, hasta la fecha, han sido escasamente analizados(3).

Uno de los proyectos que más ha contribuido en Castilla y León a entender de otra manera el aspecto expositivo en el ámbito de los centros museísticos eclesiásticos han sido las Edades del Hombre. Esta iniciativa que arranca en 1988 impulsada por la propia iglesia, ha sido un espejo en el que fijarse desde el punto de vista conceptual y museográfico de las exposiciones, incorporando al discurso narrativo diferentes recursos y las nuevas tecnologías al servicio de la interpretación y de la comunicación museística. Un relato diseñado con anterioridad, siempre con una finalidad primordial evangelizadora y catequética, mostrada por medio de elementos cultuales y obras de arte sacro de Castilla y León. Las Edades del Hombre han constituido uno de los primeros exponentes de socialización del Patrimonio en un doble sentido: despertando en las personas una adhesión afectiva y de respeto por lo que constituye la riqueza patrimonial de la región castellano-leonesa y en segundo lugar, reconociéndonos en él como parte de una historia, una cultura y una fe. (Las Edades del Hombre: 2016: 21).

Por tanto, un museo eclesiástico no debiera ser una mera colección de antigüedades, porque, a pesar de que muchas de las piezas hayan perdido su función eclesial, continúan transmitiendo un mensaje que se debe trasladar a las generaciones futuras al margen de la secularización creciente actual. Los bienes cultuales, ornamentales, rituales, no nacieron para estar expuestos en un museo, sino para expresar mejor el culto, la catequesis y, en definitiva, la cultura. Por supuesto que su funcionalidad ha cambiado, pero para reconocerlos, además de apreciar el propio valor material y estético que contienen, debemos hacer un esfuerzo para verlos en su verdadero contexto, vinculados con las iglesias y las comunidades a las que sirvieron. Este suceso se ha tratado de reflejar en algunos museos como en el de La Cartuja de Miraflores (Burgos).

La Iglesia, es consciente de su gran responsabilidad con respecto a la conservación del patrimonio, y por ello creó en 1981 la Comisión Episcopal para el Patrimonio Cultural, que ha servido para organizar y estimular una serie de organismos y servicios que están haciendo posible que este patrimonio se conserve, se utilice, se acreciente y pueda seguir sirviendo a sus fines originarios catequéticos, evangelizadores y culturales, con el deseo también de ofrecerlo a la contemplación y al estudio de todos como servicio cultural a la sociedad (Sancho, 1991: 6). Facilitar el acceso a los bienes culturales de la Iglesia ha sido siempre voluntad de esta, expresada en los acuerdos firmados con el Estado Español y los Gobiernos Autonómicos. Gran parte de estos bienes del Patrimonio Cultural eclesiástico, poseen además del interés religioso, un interés histórico y artístico que les hacen especialmente relevantes en el campo de la cultura (Iguacén, 1991: 31).

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