e-rph 19, dic. 16 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 19, diciembre 2016
Estudios Generales | Estudios
 
 
Las posadas y ventas en los caminos de Granada a Levante en la cartografía del XIX. Herramientas para su inventario | Rosario Baños Oliver, Juan Carlos Molina Gaitán, Isabel Bestué Cardiel
 
     

 

1.- Introducción

Las ventas y posadas fueron, a lo largo de los siglos, los lugares de descanso de los viajeros, definiendo así los diferentes itinerarios ya que servían de apoyo a los precarios caminos que discurrían por el país. Es por ello por lo que conforman una tipología arquitectónica imprescindible en el desarrollo y evolución de la red viaria española. Sin embargo la modernización de los medios de transporte y de la propia red, dejó en completo desuso dichas edificaciones, lo que llevó a su abandono y posterior deterioro. No obstante, su valor arquitectónico y su evidente trascendencia a lo largo de la historia de las infraestructuras viarias de España ha hecho que se considere que deban estar incluidas dentro del Patrimonio Cultural y de la Ingeniería de este país.

La historia de las travesías españolas estuvo en principio ligada a las vías naturales que basaron su configuración en el relieve y el clima del país: los barrancos, ramblas y valles de los ríos del sureste español han sido utilizados desde la prehistoria como pasos naturales. Concretamente, en esta zona, la escasez de las precipitaciones en la mayor parte de sus comarcas facilitaba su aprovechamiento como caminos, ya que tan sólo se convertían en cauces fluviales durante pocos días al año. Sin embargo, el clima era otra complicación más en la jornada de viaje. El desplazamiento por la mayor parte de aquellos caminos de la geografía española se veía afectado por el barro y por las lluvias cuando hacía mal tiempo y por el sofocante calor, la carencia de agua y la pobreza de cobertura vegetal en la estación seca, haciéndolo muy penoso.

Fue durante la romanización cuando se produjo la construcción de las grandes vías de comunicación de la península y, tras la caída del Imperio Romano, a lo largo de la Edad Media, éstas calzadas continuaron utilizándose, a pesar de la lenta degradación que sufrieron. Las malas condiciones de los caminos tornaban duro y difícil el trayecto: se transitaba por caminos de tierra con escasa anchura por los que apenas podían discurrir dos carruajes; siendo incluso algunas vías imposibles de atravesar, ni siquiera a pie (Chacón, 1979: 61-62). Los viajes se interrumpían además por numerosos inconvenientes: la ausencia de puentes hacía que los carros fueran arrastrados por los cursos fluviales y lo escarpado de los caminos provocaba con frecuencia la caída de viajeros al vacío en los riscos(1).

A estas dificultades había que añadir los numerosos riesgos que tenía que afrontar el viajero: accidentes ocasionados por el mal estado de la vía, enfermedades y la inseguridad que provocaban las continuas incursiones de ladrones y bandoleros en los caminos españoles, que eran casi una constante (Chacón, 1979: 61).

2.- La aparición de las ventas y las posadas

Debido a estas dificultades, se fueron creando a lo largo del recorrido una serie de infraestructuras, tales como pozos, aljibes o fuentes provistas de abrevaderos para el refresco de los animales, que son frecuentes en los aledaños de los caminos, y los paradores para carros y corrales para bestias, que aparecen en las villas. Surgen también los albergues, ventas y posadas para viajeros, donde las gentes y las bestias podían hallar alimento y reposo, ya que la larga duración del viaje entre dos poblaciones les confería una especial importancia (A.A.V.V., 1989: 231-232).

Las primeras referencias a establecimientos vinculados al camino datan de la época íbera en la que se construyeron grandes santuarios situados estratégicamente junto al camino en las rutas tradicionales o con singularidades topográficas. Tenían una doble finalidad: servir de referencia y dar cobijo a los viajeros, como posteriormente lo harán las ventas y posadas, y agradecer a la deidad haber llegado a salvo, tras recorrer rutas colmadas de peligros (A.A.V.V., 1989: 89-90).

Posteriormente los romanos establecieron un importante sistema de comunicaciones con un servicio de correos y postas perfectamente estructurado, sistema que contaba con tres clases de estaciones en el camino: la "mutatio", la "mansio" y la "statio".

“La mutatio es un albergue destinado al cambio de carruaje situado cada 5-12 MP(2), la mansio es un asentamiento permanente. Un día de viaje (6 a 8 mutationes) separa dos mansiones. Por último, la statio es una residencia, un albergue” (García, 2008: 164).

Las “mutationes” eran construcciones que estaban dotadas de cuadras para el cambio de tiros y sillas, estaban al servicio del correo. Se las podría considerar las predecesoras de las casas de postas mientras que las "mansiones" lo serían de las ventas. Las “stationes”, en cambio, eran puestos de vigilancia militar con el fin de proteger el camino de bandoleros (González, 2008: 167). Todas estas construcciones estaban dotadas de víveres y servicios para los caballos, poseían un gran patio, habitaciones para los viajeros así como cuadras y establos. Su uso estaba limitado casi exclusivamente a funcionarios, militares romanos y hombres de negocios.

En el mundo islámico también era frecuente la existencia de construcciones destinadas al albergue y alimentación de los viajeros (A.A.V.V., 1989: 161). Los árabes jalonaron sus vías con manziles, ventas donde hallar reposo y descanso al final de cada marahil, de cada jornada de viaje (González, 2008: 244). En las poblaciones edificaron “al-fundaq(3)”, posadas que disponían de un patio interior con una fuente con alberca para dar de beber a las bestias (González, 2008: 245). En los reinos cristianos también había muchas posadas y hospederías a lo largo de los caminos, sobre todo en los más transitados por comerciantes y peregrinos, como el Camino de Santiago (González, 2008: 246).

Hasta el siglo XVIII no todos los caminos eran aptos en su totalidad para que transitaran carruajes por ellos. Existían puntos en los que el mal estado de la vía o la complejidad de la orografía, hacían imposible que pasara un carro por ellos. Esos tramos eran los puntos donde era indispensable que existiera un edificio de apoyo en el que poder dejar el carro y cargar la mercancía a lomos de mulas, que podían ser alquiladas en el mismo lugar, hasta que se podía volver a descargar la mercancía, en otro área de descanso, y continuar el trayecto con otro carro. Estas estaciones o edificios de apoyo eran las ventas (García, 2008: 172).




Ilustración 01. Fotografía de 1956 de la Venta de El Puerto de la Mala Mujer, Cieza (Murcia), situada en el puerto de montaña del que toma su nombre. Hoy desaparecida. Archivo General de la Región de Murcia. Signatura: FOT_POS,21/13.

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