e-rph 19, dic. 16 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 19, diciembre 2016
Difusión | Estudios
 
 
Gustavo Giovannoni y la didáctica de la arquitectura. Recepción en España a través de Leopoldo Torres Balbás | Belén Calderón Roca
 
    

 

No obstante, en estas fechas se asiste en Italia al nacimiento de un lecho de discusión acerca de la disciplina arquitectónica en su condición de Arte o Ciencia, y ello alimenta en Gustavo Giovannoni un exagerado tecnicismo, que le lleva en ocasiones a discrepar abiertamente sobre el modo de proceder de algunos historiadores del arte adeptos al conservacionismo, a quienes considera fetichistas del pasado. En cualquier caso, Giovannoni insiste continuamente en la necesidad de asignar un peso decisivo a la historia como acción fundamental en el cuadro didáctico de la enseñanza en la Escuela. Cuestión que incluso le granjeará, años más tarde, enemistades con algunos colegas. No debemos olvidar que en los primeros años de la Escuela de Arquitectura los verdaderos protagonistas eran el diseño y el proyecto, y la historia que se impartía, sintetizada en la materia de Composición Arquitectónica, resultaba más bien un repertorio de estilos y contenidos formales. Ello se evidencia en el material docente elaborado por el propio Giovannoni que hemos podido consultar(4). Desde que ingresó como profesor, se empeñó en instruir a los arquitectos en ciernes en la salvaguardia del patrimonio monumental, extendiendo las acciones desde el monumento aislado hacia el contexto urbanístico global, poniendo en valor la figura profesional del arquitecto, cuya formación histórica resultaba determinante e imprescindible para establecer los criterios de actuación en dicha profesión. Insistía en la complejidad de la arquitectura, pues dado su carácter específico y al tratarse de una obra colectiva, debía aprehenderse ligada estrechamente a las exigencias sociales de la sociedad, a la naturaleza del territorio, a los conocimientos técnicos vernáculos y a las características de los materiales locales con los que se construía. En muchas ocasiones recriminó a los historiadores del arte su falta de conocimientos técnicos, considerados fundamentales para conocer el organismo arquitectónico en su complejidad, puesto que efectuaban su estudio del mismo modo que el de las artes decorativas bidimensionales, mensurando únicamente las variables de contenido, color o luminosidad. Por otra parte, las autorías o atribuciones y la constitución de escuelas artísticas, eran procedimientos que Giovannoni no consideraba siempre aplicables al organismo arquitectónico. Sin embargo, también discrepaba del radicalismo presente en las opiniones vertidas por Viollet-Le-Duc o Le Corbussier, quienes consideraban la arquitectura como una cuestión eminentemente técnica y de naturaleza mecánica. Así pues, el arquitecto integral se planteaba como un experto conocedor de la obra arquitectónica, que debía distinguirse de otros estudiosos de obras artísticas al poseer un bagaje formativo específico: vasta cultura general y capacidad de aprendizaje autodidacta; sólida preparación en el campo de las construcciones civiles y capacidad de adaptación de los avances científicos al ejercicio de su profesión; profundo conocimiento de la historia del arte y de la arquitectura, habilidad práctica en el diseño, así como destreza en las tareas administrativas. De este modo, la figura del arquitecto civil y la del profesor de diseño quedaron superadas con la institución de la Escuela de Arquitectura. A partir de entonces se canalizaron esfuerzos a fabricar aquel arquitecto presente en la mente de Giovannoni, un profesional que supiese aunar arte y técnica, creación y cálculo, conciliar en definitiva, el conocimiento de la historia con el dominio del proyecto, pues sólo esa capacidad lo haría merecedor del privilegio de efectuar intervenciones de restauro.

En otro orden de cuestiones, Gustavo Giovannoni llevaba años madurando una forma de actuar en la ciudad que pudiese satisfacer de forma simultánea las necesidades de habitabilidad de la urbe contemporánea, compatibilizando las nuevas construcciones con la arquitectura histórica sin caer en el embalsamamiento, ni llevar a cabo drásticas operaciones quirúrgicas. Su intervención en el Congresso Internazionale di Scienze Storiche de 1903 marcó un punto de inflexión en la definición de una metodología completa para el historiador de la arquitectura, que aparecerá publicada por vez primera en 1904, en su estudio sobre los monasterios benedictinos de Subiaco. En aquella ocasión afrontó el problema de la restauración de monumentos partiendo de un exhaustivo estudio histórico de la arquitectura y de la ciudad donde ésta se insertaba, subrayando la obligación de adquirir habilidades en el manejo de fuentes historiográficas, para efectuar una posterior labor hermenéutica efectiva de los textos escrutados y, contemporáneamente, proceder al examen directo de la obra arquitectónica: “Uno studio d' illustrazione architettonica e costruttiva, d'un monumento o d'una serie di monumenti, deve avere sempre il suo punto di partenza nella determinazione accurata delle cause permanenti d'ambiente, degli elementi materiali che sono entrati nello sviluppo edificatorio, nell'esame dei modi vari con cui di tali elementi si sono valsi i diversi periodi” (Giovannoni, G. y Hermanin , F., 1904: 287).

Giovannoni se propuso estudiar la arquitectura italiana según nuevos criterios holísticos, trasgrediendo el tradicional método de continua disección que se venía practicando hasta entonces, derivado del propio carácter entrópico del elemento arquitectónico. Atendió a la conciliación de dos estadios necesarios y no excluyentes: por una parte, la valoración tradicional “visibilista” de la realidad arquitectónica, y por otra, la pluralidad de métodos con que dicha realidad podría ser investigada, lo que denominó sistema integralistico, resultante de entretejer diversas competencias disciplinares, entre ellas, el método historiográfico. En el ejercicio histórico-crítico del método “giovannoniano” se estableció un efectivo procedimiento que integraba competencias y procedimientos permeables a las averiguaciones caso por caso, derivados del análisis directo y pormenorizado de la obra y su entorno, así como de sus necesidades específicas, pues la arquitectura era para Giovannoni un organismo biológico, integral y coherente, que debía entenderse más allá de sus formas (Calderón, 2008: 442-443). La arquitectura era considerada un arte autógrafa realizada en un tiempo concreto, pero reescrita paulatinamente por múltiples y diversas manos, y como tal, irrepetible, porque cada rúbrica de cada mano concreta, era original, única e irrecuperable en caso de pérdida. El dato histórico era considerado una plusvalía para el conocimiento, una acumulación de signos que enriquecía las referencias estratigráficas originarias y fortalecía la relación establecida entre el edificio y las civilizaciones, algo de gran utilidad para el arquitecto restaurador, pues le impelía a investigar en ambientes pluridisciplinares: filológicos, científicos y tecnológicos: “l´architettura non è uno dei rami della scienza del costruire (…) è sempre sempre e sovratutto un´arte (con l´A maiuscola) e non può essere compressa da troppe altre nozioni” (Giovannoni, 1916: 12).

Para Giovannoni el método historiográfico permitía establecer una relación dialogística de enriquecimiento mutuo entre el hecho histórico y el sujeto que lo examinaba, una relación empática entre significado e intérprete. Así pues, la tarea hermenéutica debía mostrarse receptiva con la alteridad del texto y su aplicación a la arquitectura de la ciudad histórica, vendría determinada, en parte, por la propia objetividad del historiador, que debería incorporar sus propias opiniones, así como sus prejuicios previos, confrontando la verdad objetiva con sus propios criterios, lo que serviría para emitir finalmente un juicio de valor.

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